miércoles, agosto 16, 2006

José Antonio Ramos: el manual del perfecto fulanista


Les recomiendo El manual del perfecto fulanista, de José Antonio Ramos, (1885-1946) ese gran autor teatral, fundador del teatro cubano, encasillado y mal leído. Imagino que exista una edición reciente - aunque leí la de 1916- que dijo Iraizoz – el orador del discurso de contestación cuando Ramos ingresó en la Academia –que se vendió como “papel viejo”. Aunque consulté las maravillas que han dicho Portuondo, Ibarra y Abel Prieto, entre otros, sobre El manual… confieso que sólo ahora, en busca de datos para mi libro sobre la dramaturgia cubana, reparo en él a conciencia, con esa lectura atenta que todos debíamos hacer. Su título se completa con Apuntes para el estudio de nuestra dinámica político social. Publicado por Jesús Montero Editor, en La Habana, puede leerse, como una obra teatral de muchos personajes: fulanos, fulanillos, sargentos, segundones, doctores y periodistas, pero también como ese ensayo precoz, lúcido, en el que sociología y teatro se reconcilian al inventariar una vida cubana cuyas cicatrices todavía nos laceran.
La edición tiene trescientas quince páginas y tres gráficos, así que hay tela por donde cortar. Al leerlo entendemos por qué Ramos siempre fue tan molesto y por qué todavía hoy – a sesenta años de su muerte-- no se publicaron aún los tres tomos de sus memorias --salvo las páginas del Diario de amor que Yara González Montes y Matías Montes Huidobro salvaron del olvido-- y 29 páginas publicadas en 1959--ni se han reeditado la mayoría de sus obras teatrales, algunas de las cuales son aves raras en las bibliotecas. Ramos siempre hizo lo inesperado. En la recurva de la revolución del 30, excomulgado por la tiranía machadista y radicado en México por elección, dedica sus conferencias, al regresar, a Henri Alain Fournier , "el eterno adolescente", a Rilke y al conde de Pozos Dulces y cuando estrena su última obra en Teatro Popular, FU3001, cuando está más vinculado a los comunistas, se burla de ellos: la protagonista, la revolucionaria española Elsa Rohmer es en el fondo una caricatura, el periodista Ravachol Rojo quiere quitarse “rojez” y el otrora revolucionario Ricardo, desencantado, vuelve con su esposa y consiente en bautizar a su hijo. En materia de dirección política, creyó en las élites, la aristocracia espiritual y el «fulano»:
El fulanismo «depurado» puede llevar a nuestros conglomerados políticos a una perdurable organización alrededor de determinadas figuras de positivos méritos[.. ] El fulano, aunque tenga detrás de él a dos o tres contrafiguras, es por lo menos un hombre, un responsable. Y contra él o a su favor puede la sociedad ejercer alguna sanción. 88-89.
Ramos, que abogó en “La Senaduría corporativa” por reducir los políticos profesionales y deseaba que los jóvenes celebraran su arribo a la edad de votar como quien se pone una toga viril, en “La primera comunión cívica” desconfió sin embargo, de los partidos.
“Y el partido es una abstracción, una cosa fantástica, irreal, falsa. El partido, así entendido, son los terribles comités, aglomerados de irresponsables, dirigidos y manejados por los terribles menuers o capataces, fulanillos fracasados, incapaces de dar la cara. (89) Por eso defendió , “ el fulanismo bien entendido” […] el resto de individualismo que nos queda ante el alud terrible de las multitudes anónimas, cada vez más poderosas y avasalladoras. Y en vez de combatirlo, deberíamos tratar de purificarlo y conservarlo todo lo más posible. (91)
Y así el libro está lleno de resonancias, ecos, y sobre todo, desilusión y una permanencia atroz:
"La república nos prometió que todos seríamos iguales y el que come bazofia y vive en una pocilga, en tanto que su vecino disfruta de plácida existencia en lujoso palacete, tiene que sentirse engañado."( 245).

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