lunes, agosto 21, 2006

Mi teatro personal (I)






Mis primeros recuerdos del teatro no son estridentes ni fantasiosos. Son voces familiares, casi en susurro. Nunca vi un caballo delirante en el escenario ni me llevaron de niña a los circos de mala muerte y menos a la ópera. Mi madre, en su juventud, interpretó un personaje ¿podrá ser Caracolillo? en una comedia de los hermanos ¡Alvarez Quintero! Y aunque no lo he cotejado, -- nunca he pasado de cuatro obras de los sospechosos hermanos-- a lo mejor mi madre tenía razón y decía la verdad enorgullecida de su participación teatral. Aunque se graduó de médico y ejerció casi toda su vida, era fiel al teatro de las «salitas».
En mi casa se veneraba la recitación. Recitar se consideraba un arte mayúsculo que hacía pensar en Berta Zingermann o Margarita Xirgu.Y esta última era reverenciada no sólo porque mi abuela la vio actuar, sino porque le correspondió comunicar a los espectadores en el Teatro Nacional la muerte de García Lorca. Como todas las niñas, sabía poemas de memoria y con verguenza ajena, estoy en una fotografía, en un estudio de televisión de los 50', en un programa infantil llamado "La escuelita de Rosendo Rosell"junto al consagrado animador. Como sabía poemas de memoria, en varias de las escuelas, durante la primaria, fui la recitadora oficial, el personaje que por suerte desaparece con el auge de la televisión y el video.

Y recitando me veo en la Academia Municipal de Arte Dramático frente a la profesora Eva Vázquez, que nos obligaba a decir, como en España, con las zetas, un poema de Eduardo Marquina ¿o será de Rafael? : “Capitán de los tercios de Flandes/señor capitán “y había que decir la z de tercios y que no se confundiera con la s de Flandes. Es mi recuerdo más vívido de la Escuela, el primer lugar al que viajaba sola, en ómnibus, desde La Víbora. La Academia –en donde daban clases Rine Leal y Mario Rodríguez Alemán pero no me enteré--, era una casa señorial del Vedado, un poco sombría y aparte de la profesora –que nos enseñaba a caminar con un libro grueso encima de la cabeza como las modelos en una pasarela—me invitó a llevar "tacones" (que en esa época se llamaban « ilusión») para una de las escenas: la de Alma en Verano y humo, de Tennessee Williams. Mi compañero sería un muchachito rubio, afocante, de bellísimos ojos claros, con el que nadie quería intimar. Era Nicolás Dorromocea, quien a los quince años atraparía la atención de toda La Habana como un Jarry tropical, nada menos que con Las pericas. Con ese apellido difícil, --después sería sólo Dorr--vivía en Santa Fé y ya tenía ese ímpetu, esa locura de la genialidad, se atribuyó sin más la autoría de la escena de Tennessee Williams. La historia hubiese encantado al autor.
Sin embargo, en Esta propiedad está clausurada, una pieza en un acto de Williams, la protagonista se pasa el tiempo saltando sobre el andén de un ferrocarril cerca de una estación del Mississippi. La muchacha se escapa de la escuela, hace distintos personajes, se oyen blues y aquel ejercicio de clase fue un momento de libertad, la libertad que se siente muy raras veces. Muchos años después, vi en el cine a Natalie Wood, pero entre nosotros – en mi cabeza-- en aquella práctica remota, en mi precaria condición de aspirante a actriz, como mi madre en Caracolillo, estaba mejor que Natalie Wood sólo que encima de raíles imaginarios.

1 comentario:

Ciro Bianchi Ross dijo...

De casualidad me topé con tu página. después de toda, la encontré rápido pues la creaste muy recientemente. Me pareció bien. Recuerdo aquella entrevista tuya con Lezama, y recuerdo ´su alegría cuando me regaló un ejemplar de la revista Alma Máter donde apareció. Todavía la conservo.
No se me olvida que nos conocimos en la casa de Batista, en Varadero.
Ciro Bianchi Ross
cirobianchiross@gmail.com