jueves, septiembre 14, 2006

El día que me encontré con una estrella

Todo el mundo que vive a unas millas de Hollywood o en sus lejanías o en sus inmediaciones, aunque no lo confiese, en el fondo, sueña con encontrarse alguna vez con una «celebridad» para verla de cerca, de tú a tú, a unos pasos y luego tener tema de conversación. Pues yo no me encontré con una cualquiera, sino con una estrella del firmamento del cine, en una tienda de Main Street, en la que venden ropa de algodón nada sofisticada y algo hippie, y en época de rebajas. Casi nadie la reconoció. La tienda – un salón con cuatro probadores—tiene un único espejo de pared a pared, escaparate, inmensa pasarela para mujeres de más de cuarenta que no encuentran ropa apropiada cuando el cuerpo ha envejecido pero no la cabeza.

¿Será ella, me dije? Y me acerqué. Estaba vestida y desvestida. En el probador, como todas. La acompañaba una amiga y una perrita. Se probó media tienda frente al espejo, mientras las empleadas planchaban al vapor las arrugadas telas, descalza, plácida y divertida y cuando le habló a la perra y ordenó enviarle sus compras a Nueva York, no tuve ninguna duda. Es ella. La voz es inconfundible. Es ella. Con ¿sesenta años? más que en Tener o no tener pero yo diría que esa belleza clásica o ese estilo que se tiene o no se tiene. Con la gracia y la sensualidad de Key Largo, el peinado de raya al medio y una sencillez radiante y luminosa a cara lavada.

A estas alturas ya el lector sabe que estoy hablando de Lauren Bacall. Recientemente publicó sus memorias y aparece en Dogville y Manderlay y nunca se enteró que estuve tentada de pedirle un autógrafo y no me atreví.

1 comentario:

mucha dijo...

Me gusta como escribes. Y tus artículos son fáciles de leer, y auténticos.