sábado, septiembre 23, 2006

El teatro que queremos para Cuba: Mario Parajón


En mi papelería, dentro de esos ejemplos que atesoro de la mejor tradición crítica de mi país, encontré "El teatro que queremos para Cuba" aparecido en la Revista Islas, 2.1. 1959:69-77. Disfrutar de su texto es celebrar la magnífica obra de Parajón, otro de los fundadores, quien también en los cincuenta escribió sobre el teatro de O'Neill.

"....Lo que nos parece esencial en el teatro es que vive ante nosotros sin que tengamos que cerrar los ojos para verlo. Es como uno de esos niños que mueren a las dos horas de nacidos. Vienen del cielo, pasan por la tierra y siguen viaje al cielo llevándose un secreto. Después queda de ellos un vago recuerdo de sábanas ensangrentadas, de ojos semicerrados. ¿Habrán nacido esos niños o habremos soñado con su nacimiento? Al teatro le ocurre lo mismo; sucede ante nosotros como sucedería un sueño en que las figuras fueran precisas; nos penetra como si fuéramos casas vacías. A las dos horas se esfuma detrás de una corriente que se cierra. Podemos, es cierto, regresar a la casa y encerrarnos en la biblioteca y leer el texto de la obra. Pero sabemos que entre el manuscrito de la tragedia y la tragedia representada hay la misma diferencia que el viaje que estamos haciendo y el viaje que hemos filmado por el turista que no se resigna a que se le escapen las maravillas que está contemplando. El verdadero teatro es aquel que llega y se va como ese niño y ese sueño; haciéndose tan presente que no podamos dudar de su realidad, tan efímero que nunca lleguemos a apresarlo por completo, tan irreal, que al suspenderse su hechizo dudemos de que haya existido. De ahí que no haya teatro sin escenario, actores, actrices y público. Porque es, como todo lo vulnerable, como todo lo mortal, como todo lo que está a punto de hacerse invisible, pura carne.
Pura carne. O sea: pura vida. O sea: puro tiempo. El héroe dramático se nos aparece en un tiempo mágico, inventado por el autor de la obra que imita el tiempo de la vida. Y en el tiempo es donde no estamos solos, sino con los otros, afirmando esa mundanidad de la que tanto nos ha hablado Heidegger....

..[..] el teatro que queremos para Cuba tiene que ser una autocrítica de la historia de Cuba que se hizo, que se está haciendo y que se hará. Guardián de las tradiciones, vigilante del momento y dibujante del proyecto, su ideal será el de constituirse como espejo de la conciencia colectiva para lo cual tendrá que nacer de abajo, en las manos de autores que no se retraten a sí mismos en sus obras, sino que se dejen invadir, como en el ejemplo que poníamos de Lope, por ese rumor anónimo que es la música predilecta de los creadores de primera magnitud.

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