miércoles, septiembre 20, 2006

Fe de olvidos: el teatro de José Milián



Muchas veces, sin querer o por el misterioso proceso de la escritura, he dejado en el tintero muchos autores y espectáculos. Con nadie más injusto que con el dramaturgo José Milián. Siempre que traté de reparar el vacío, mis proyectos terminaban en la papelera. Nunca logré hablar de una obra suya y quedar satisfecha. Desde entonces me he puesto a pensar qué me pasó a mí con Milián que nunca hablé de sus obras, y aunque ya lo sé pero es largo de contar, tengo su último libro Otra vez Milián. Teatro (Ediciones Unión, 2005). Aparte de cuatro de sus obras de distintas épocas—La rueda de casino, Otra vez Jehová con el cuento de Sodoma y La reina de Bachiche – tiene un prólogo a dos voces entre el crítico teatral Eberto García Abreu y el autor, que recompensa al lector por todos los que sin querer o queriendo, marginamos el teatro de Milián. Como dialogaron Paco Alfonso y Luis A. Baralt en el 56, la introducción es una joya para los estudiosos como yo que, al cabo de muchos años reparamos en sus textos, porque con sinceridad Milián y García Abreu desenredan una madeja laberíntica: vida y obra, personajes y realidad.

Increíble que Mamico Omi Omó (1965) publicada por Ediciones El Puente, no haya convertido a Milián en un autor a descubrir. Las obras hablan de la dureza de la infancia, el misterio de la vida y los caminos para llegar a mayor. Releídas ahora conmueven probablemente más. Y pasan veinte años para que Milián vuelva a publicar. Vade retro y otras obras que, preparado por Carlos Espinosa, aguardó en las gavetas, porque Vade retro fue un escándalo en el 67 cuando Pedro Castro la montó en Camagüey. Desarrollada en un circo con trapecistas y malabares y fanfarria, muestra el lado oscuro del circo mágico. La Coreana es contratada para exhibir su tristeza. Desquiciada y patética, arrastra su muñeco de trapo y sentencia “!Este no es un día alegre, Palacho!"y hala por el escenario a Palacho con una soga como Madre Coraje su carreta.
Por eso es tan difícil recomponer su cronología, ya que no por su culpa, ha sido publicado a saltos, en desorden y en ese mismo ritmo tendrá que ser estudiado y reevaluado. Pero lo importante es que en el camino no se sentó a esperar por la gloriola sino que siguió escribiendo, dirigió muchísimas obras propias y ajenas, y mantiene vivo el Pequeño Teatro de La Habana.
Si vas a comer espera por Virgilio, elogiada por unanimidad, relata el encuentro ficticio entre Piñera personaje y un joven autor matancero.
Me gusta La reina de Bachiche como a Eberto, me deslumbra Vade retro, pero más me conmueve Milián por su absoluta entrega al teatro. Ha sembrado-cuenta- un cactus en el viejo orinal que tenía por única cazuela. Embellecer el bacín, que emplea Cervantes en sus entremeses, signo inefable del teatro cubano desde los bufos hasta Rolando Ferrer en La taza de café, es una metáfora de su vida y una constante en sus obras, en las que realidad cruda se vuelve farsa y locura e imposible son realizables.

3 comentarios:

Anonymous dijo...

Es un acto de suprema justicia de Rosa Ileana Boudet escribir sobre Pepe Milián. Nadie mejor que ella, con su rigor investigativo y su gracia narrativa, puede hacerlo. Milián es un grande del teatro cubano. Aun recuerdo la puesta en escena de "La toma de La Habana por los ingleses", dirigida por él mismo en Teatro Estudio, en 1970.

"El folclor de este país está en los urinarios públicos".

Gracias, Rosa Ileana, por tan buenos temas.

Jesús Hernández Cuéllar

Tomás González dijo...

En José Milián, uno de los grandes dramaturgos cubanos, hay recursos que deberían ser tarea de teatrólogos. Este hermano y amigo no cabe en que se le considere aún como un asunto peligroso. La cercanía obra el prodigio de ir más allá de la imagen. Saludo con beneplácito y alegría este amanecer que me has dado Rosa Ileana: uno más. Gracias

Tomás González dijo...

Memoria feliz por Adela

Adela Escartín nació en la ciudad en que ahora vivo; pero en Las Palmas de Gran Canaria muy pocos saben de ella, la que fue para nosotros los cubanos, una de las más grandes actrices y una de las más brillantes profesoras de actuación. Adela dejó una huella. Fuimos amigos de andar sin prisa. Una vez fuimos a un ensayo del Romeo y Julieta de W. Shakespeare bajo la dirección de Otomar Kreycha. El incidente racista que provocó la selección de una negra para la Julieta, tuvo visos de escándalo. Sólo Adela me comentó: "Y ¿por qué no? No sabía que hubiera tanto racismo".
Otra vez Adela y yo fuimos al Teatro Rita Montaner -creo que aún llevaba ese nombre-, esperamos a que apagaran la sala para comenzar la función. Adela llevaba un abrigo fosforescente en amarillo y yo un pulover blanco de igual brillantez. La risa que provocó el incidente hizo que volvieran a iluminar la sala.
La Blanche de Adela en el Tranvía de Wiliam es inolvidable para mí.

Tomás González Pérez