lunes, octubre 30, 2006

Arredondo: un actor que escribe



Enrique Arredondo es uno de los pocos actores del teatro vernáculo que escribió sus memorias: La vida de un comediante (Editorial Letras Cubanas, 1981). Mensajero, vendedor de naranjas, fundidor, planchador en una fábrica de zapatos, tuvo un padre con «delirios de trovador» que escribió-- sin crédito-- muchos textos que musicalizó Rosendo Ruiz. Rechazó las inclinaciones del hijo hasta que lo vio actuar de incógnito.
El libro --que puede leerse como un relato de la picaresca--«no tiene pretensiones de gran obra literaria» y quizás por eso se lee con tanto placer. En 1921 asiste a las representaciones del Teatro de la Comedia con Ernesto Vilches o las temporadas del Teatro Cubano y se entusiasma con Arquímides Pous, su «maestro espiritual». Es quien ha ofrecido, a mi juicio, una descripción más certera de la utilización de la maquinaria y los trucos de Pous que en Locuras europeas hace bajar una lámpara al nivel de los espectadores o en Su majestad el verano, se lanzaba a una piscina que le permitía nadar a sus anchas. Asiste también al coliseo del Alhambra. Mientras habla con veneración de otros, siempre se coloca como contra-figura. Intenta obtener su primer papel como negrito para atraer a una enamorada. "Alguien sonó una trompetilla que debe haberse oído en Mesopotamia". Sus inicios en la profesión están ligados a su amor por la pelota al actuar en una función en beneficio de su equipo. Bolito le prestó una de sus pelucas y de ahí salió contratado para actuar en el cine Príncipe con la La viuda loca.
El relato de Arredondo no se limita a su experiencia sobre el tablado, sino que está lleno de anécdotas y aventuras: el ciclón del 26 lo sorprende en Jibacoa para una función que no puede efectuarse y «arrastra su arte», pasa las de Caín para salir del pueblito o se entera por un vendedor de periódico de cómo muere Pous en Puerto Rico; en su gira con la compañía de Bolaños, queda varado en un cuarto de hotel porque su amada Gloria lo encierra con un candado. Mario Sorondo le posibilita su debut profesional en el parque de diversiones Luna Park. Al final, los artistas eran presentados por Federico Landeiro, encargado de darles el balijú: "pero no nos agradaba, daba la sensación de estar presentando fieras del circo».

Muchas anécdotas graciosas hay en los periplos de la Compañía Piñero-Arredondo (1931-1936), entre ellas las relacionadas con las alusiones políticas de obras como No renuncio o hagan el juego señores, escrita al calor del machadato o sucesos de la vida trashumante de los comediantes como la vez que para salir de Sancti Spíritus empeñan una dentadura postiza.Le sigue sus andanzas con la compañía de Sanabrias- Arredondo y su estancia en el Shanghai, al que considera una admirable escuela donde se hacían ¡tres obras semanales! y al que llama con benevolencia «teatro sicalíptico» o «picaresco». Su etapa allí le trae recuerdos de cuando guardó proclamas en su camerino y hubo tiroteos.
En 1934, un año antes de que cierre el teatro de Consulado y Virtudes, sustituye a Sergio Acebal como «negrito», su hueso más duro, pues Acebal había conquistado por veintidós años éxitos en ese escenario. “Por allí desfilaba toda la nación y los más importantes personajes extranjeros no se iban sin conocerlo.” En 1935 otra vez en un escenario picaresco. ¡El Molino Rojo! de la calle Matadero que se nutría del personal de la Plaza del Mercado y en 1939, su primera gira internacional, dos meses en el Círculo Cubano de Ibor City, en Tampa.

El relato de la caída de Machado o de la función en la que dice una cuarteta alusiva al palmacristi delante de la policía son de los más logrados. En 1950, cuando ya es una figura conocida, preside la comisión para erigir un busto homenaje a Pous en el parque de Cienfuegos. Su participación en la radio y su entrada en la televisión donde consagra a Bernabé, el doctor Chapottin y al guapo Cheo Malanga y los estribillos de sus personajes. Todavía en los primeros años de la revolución recorre el interior de la isla con su compañía hasta que asienta en la Avenida de Acosta y Luz Caballero, el Teatro Móvil Moderno. Y en 1959 hace una pequeña escena en la película
Nuestro hombre en La Habana: “Carol Reed me felicitó por mi actuación a pesar de que mi escena en la película era similar a una estrella fugaz” y en Son o no son, otra desatendida película de Julio García Espinosa, es un Hamlet «caricaturesco y dislocado».
Otro actor que escribe es Sergio Acebal y ya hablaré de sus memorias.

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