viernes, octubre 13, 2006

La Habana que va conmigo


La Habana que va conmigo (Letras Cubanas, 2002) es un excelente título que nunca vi entre las novedades. Ojalá haya sido muy elogiado y nunca me enteré. Reúne trece testimonios de personalidades que tienen o tenían suficiente edad para recordar La Habana antigua y cuentan cómo la perciben, viven o recuerdan. Es parte de un ciclo organizado por el arquitecto Mario Coyula –autor de la selección- en la Maqueta de La Habana. “La comprensión de una ciudad-escribe Coyula- no sólo se logra a través del razonamiento lógico y los estudios especializados , sino por la decantación y transmisión repetida de vivencias personales, que a su vez alimentan la conciencia colectiva y se archivan en la memoria histórica."
Julio García Oliveras empieza con Peña Pobre donde nació para hablar del barrio, los cines, los paseos, el impulso edilicio de los años cincuenta, sus recuerdos de la violencia gánsteril y del bonche universitario. Guillermo Jiménez recuerda las bodegas, los cafés, el billar, los puestos de chinos "que ni eran de origen chino, ni cubano, ni siquiera de San Francisco de donde, en realidad, provenía nuestra típica comida china"y las victrolas «un gran escándalo en La Habana", lugares desaparecidos como el Mercado Unico y se atreve a conjeturar sobre el origen de tanta gente sentada en las aceras, "como las sábanas blancas en los balcones.Yo he intentado buscar en mi memoria una imagen como ésta y no la he encontrado."


Rafaela Chacón Nardi (1926-2000) recuerda no sólo las zarzuelas y los conciertos sino la mendicidad y los personajes de La Marquesa y El caballero de París, el Teatro Martí y el paseo del carnaval. Graziella Pogolotti, su infancia en Peña Pobre, en el ambiente bohemio de su padre Marcelo, así como El Vedado del Auditórium, el Lyceum y ADAD, tres instituciones de prominente influencia en la vida cultural. De alguna manera los recuerdos se enlazan, porque Graziella narra, fascinada, cómo la bañista Jantzen se lanzaba desde el trampolín en un anuncio lumínico en el Parque Central, que también llama la atención de Ambrosio Fornet, recién llegado de Bayamo, cuya vida citadina empezó a concentrarse en el eje imaginario del Parque. De los aires libres del Prado, «una mezcla de delirio, bohemia y marginalidad» , las salitas de teatro "donde Chela Castro hacía La ramera casi en paños menores" al restaurante Carmelo de Calzada en el 59 donde los allegados de Lunes hacían sus tertulias.
Eduardo Robreño (1911-2001) tan conocido por sus libros de anécdotas, recuerdos e historia, empieza con el Paseo del Prado y sus personajes, como la "muerta viva", una alemana que había sido condenada por un delito en su país y se pintaba la cara con cascarilla, para concentrarse en otras historias sobre las que ofrece un ángulo menos conocido, como la de Alejandro Yarini o la votación para aprobar la Enmienda Platt.
Asombra el detalle y la minuciosidad del relato de Segundo Curti (1910-2000) octogenario, ministro de Defensa del gobierno de Grau y de gobernación en el de Prío, que recuerda a Orestes Ferrara, que fabricó la casa de la calle Ronda donde hoy está el Museo Napoleónico, así como el 4 de septiembre de 1933. Ofrece además un bellísimo recuento del teatro Alhambra y de La Macorina. Adelaida de Juan, nacida y vecina de El Vedado, recuerda sus baños, sus piqueras, sus furnias y sus parques -entre ellos el de H entre 23 y 21-- con la glorieta y el eco, donde han jugado sus hijos y sus nietos. Natalia Bolívar, que deambuló las religiones africanas con su tata, habla de sus incursiones en la etnología con Lydia Cabrera, del Palacio de Bellas Artes, el Sagrado Corazón del Cerro donde estudió, el Havana Biltmore del Country Club, y el cabaret Sans Souci, los murales de Hipólito Hidalgo de Caviedes y las casas donde se escondieron en la clandestinidad. Vive todavía en la zona donde nació. Enrique Colina habla del cine, la esquina donde dio el primer beso y un prostíbulo en Animas 259 y Harold Gramatges de los conservatorios.

Rosita Fornés rememora su padre, sus comienzos en el arte en La corte suprema, los sitios en los que ha vivido en « altos», los estudios de la televisión y el 28 de diciembre de 1954 , cuando a bordo de un «platillo volador», amaneció en la Ciudad Deportiva como parte de la campaña publicitaria del programa de televisión Mi esposo favorito, dirigido por Joaquín M. Condall. También de la «destrucción» de los teatros y su tristeza porque no abundan edificios para los espectáculos en vivo. Y Pastorita Núñez –que nació en el barrio de Los Pocitos en Marianao—ofrece el testimonio más sobrecogedor del libro: de los álamos y ficus que hacían bóvedas a un plante ñáñigo, del perfume del galán de noche al Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda, conocido popularmente como “las casas de Pastorita”. Sólo voy a adelantar que eligió internarse en el asilo Santovenia y colaborar con la obra humanitaria de las religiosas. Cultiva un huerto de vegetales con una brigada de ancianos, porque su gloria es “haber manejado muchos millones de pesos,” “construir y reconstruir miles de casas" y " morir en un asilo sin un centavo y sin un hogar, en un hogar de ancianos”. Todo el mundo no puede morir así, limpia de pies a cabeza. Si este recuento esquemático les ha interesado, garantizo que todavía mejor es su lectura.
Mi único reparo es que al transcribir los testimonios orales, el editor no haya puesto más cuidado. Se habla de Luis Lluvé y de Eva Frey Abid, lo cual no deja de ser una nota de humor. Las nuevas generaciones de correctores no tienen la menor idea de quién era Louis Jouvet y menos todavía, Eva Frejáville.
El libro no tiene fotos. Estas pertenecen a Habana, Cuba.Ciudad de encanto. Souvenir of Havana, Cuba. Edición Jordi, La Habana, 1922.

2 comentarios:

soleil dijo...

MUY INTERESANTE TU ARTíCULO

Anonymous dijo...

el "parque" no está entre 23 y 21, sino entre 21 y 19