martes, octubre 10, 2006

Los carteles que nos llevaron al teatro



Cuando se habla de cartel cubano siempre se piensa en el cine o la política, dos de los ámbitos más favorecidos por los estudiosos y de un tiempo a esta parte, los coleccionistas. Sin embargo, pocas veces se recuerdan los carteles que nos llevaron al teatro. Encontré, en busca de datos para mi investigación, una estupenda Colección de Carteles cubanos, expuesta en la internet gracias a la colaboración entre la Biblioteca Doe, de Berkeley, y la Biblioteca Nacional José Martí.
Aunque por su extensión y alcance no puedo reseñarla completa, me impresionó muchísimo el acápite dedicado al Consejo Nacional de Cultura. Muchas obras no están identificadas, pero se aprecia el trabajo sostenido de su equipo de diseñadores. Algunas tienen valiosas notas, fechas que permiten precisar estrenos y autores e incluso establecer una relación con la época, de gran utilidad para el estudioso que pretende restaurar de alguna manera, la arqueología de las puestas en escena.


La colección es magnífica y resulta un archivo viviente. Y como es viviente también es paradójico, pues como ha dicho en otra parte Tonel, el quinquenio gris -- de tan infeliz recuerdo-- estaba lleno de color. Ya se sabe que las dificultades materiales condujeron al empleo del silk screen y que los diseñadores aprovecharon el « limitado empleo del color» para hacer de él un uso espléndido, como también del blanco y el negro o la tipografía. También, si se observa con cuidado y a pesar de que la muestra es fragmentaria, cambian la temática de los carteles y los recursos empleados.

Recuerdo el departamento de diseño en el entresuelo del Palacio del Segundo Cabo donde trabajaban Rafael Zarza, Roger Aguilar, Juan Boza, José M. Villa, César Leal, Lázaro Hondares, Aldo Menéndez, Frémez, Ricardo Reymena y Rolando de Oraá a los que después se unió Ramón Escannaverino y Modesto Braulio y quizás alguno otro que se me olvida. Ellos hacían su trabajo de ocho a cuatro, como los empleados de las oficinas, con algunos intervalos para tomar té en El patio, en la plaza de la Catedral. Algunos eran pintores en la tradición de Raúl Martínez y Umberto Peña, como César Leal y Aldo -quien después diseñará una revista-- y otros, grabadores como Zarza y Aguilar.
Entonces trabajaba en una sala contigua, cuya ventana daba directamente a la Giraldilla y aunque todos fueron mis colegas, no tuve suficiente distancia para apreciar ese conjunto magnífico. Si tenemos en cuenta que por las dimensiones de los carteles y su difícil conservación, todos empezando por mí, hemos perdido los nuestros en el camino, cuando-- a falta de otra cosa-- tapizamos con ellos las oficinas, las habitaciones y hasta las paradas de guaguas, se comprenderá la alegría de encontrar los que asocio con las representaciones y los lugares, algunos desaparecidos como el Martí, ese teatro de las cien puertas y las muchas persianas.
Me encantaría hacer un libro con carteles y programas, anuncios y boletines, esos que nos llevaron al teatro.
Prometo volver sobre los carteles y enseñarles alguna vez nuestra pequeña colección que me mira como antes yo a la Giraldilla. El primero de El velorio de Pachencho es de Rolando de Oraá, í como el de La mujer hebrea y El holandés; el programa con las obras de Brecht y Leroy Jones que dirigió Rebeca Morales en 1968. El de Contigo pan y cebolla es de Villa, 1965. Y el de La madre, de Rafael Zarza.

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