jueves, octubre 26, 2006

Raúl de Cárdenas inédito


Mi interés por conocer de primera mano obras y manuscritos, me conduce a Raúl de Cárdenas, un favorito que –caso raro—estrena en Miami, Nueva York y Los Angeles. Ahora mismo el grupo Havanafama, dirigido por Juan Roca, tiene en cartel su comedia Las muchachitas de la sagüesera. Radicado en Estados Unidos desde 1961, de Cárdenas cultiva un costumbrismo a distancia que ha sido su manera de afirmarse emocional y artísticamente en un medio e idioma diferentes.

Imposible hablar aquí de su prolífera obra, en la que destaca la "saga" de las Carbonell o las Capote. Y también la faceta que Esther Sánchez Grey considera de "teatro serio, meditabundo y simbólico que se enfrenta a un presente doloroso" en piezas como Recuerdos de familia (1988) o Las sombras no se olvidan (1993). Sin embargo, en realidad la única obra que conocía es “La palangana” que sin autorización, Leal incluyó en
Teatro cubano en un acto (1963) y ha circulado muchísimo gracias a esa antología.
Los vecinos de un solar se fajan en una bronca bullanguera, colorida y en el fondo, trágica por el derecho a usar una palangana de oro. Como en
Contigo pan y cebolla, el refrigerador de Lala, el ventilador de Luz Marina en Aire frío o el juego de cuartos de Los acosados, de Montes Huidobro, los objetos deseados son una forma de ilusión que compensa las frustraciones de la vida.

Los vecinos que a duras penas sobreviven en un solar miserable, se distinguen como propietarios de algo único. ¡Todos deben estar rabiando de envidia! – dice Tila. En el formato del sainete bufo, de Cárdenas crea una pequeña obra maestra acerca de las frustraciones, el mundo de la pequeña gente, que se sacrifica en aras de poseer algo especial pero no puede disfrutar. Sin embargo, no era
La palangana ni sus muchos textos posteriores lo que me interesaba sino Los ánimos están cansados y sus recuerdos de la escena de la década del cincuenta.
Entonces De Cárdenas me sorprendió con tres envíos digitales de sus memorias, con tres títulos provisionales. Voy a usar el que el autor designa como su favorito : “Mi Habana detrás del telón” aunque creo que “ Dile a La Habana que no la olvido” o “Tranvía Habana-Lawton-Parque Central” son tan buenos como el primero.
Como hoy en día escribir memorias se ha puesto de moda y cada semana se publican tres o cuatro, que van desde la hija de Joan Crawford y la controversial Jane Fonda hasta el secretario del asistente del mayordomo de la dama de compañía de la princesa Diana, donde se revelan las cosas mas íntimas imaginables, o imaginadas, decidí escribir las mías, aunque no creo que en mi vida haya uno de esos electrizantes secretos que se revelan a la mitad del libro y que marcan para siempre la vida del autobiografiado.
Se observará que Raúl nunca abandona su mirada de cronista de costumbres al referirse a los acontecimientos.
Sus memorias familiares, personales y colectivas comienzan en el hogar, el barrio de La Víbora y en la escuela Los Maristas. Están llenas de las calles que frecuentaba, los cines a los que asistía, las lecturas, los amigos y también los espectáculos:
Cuando Josephine Baker aparecía en escena el cine se venía abajo de gritos y aplausos. A medida que transcurría el show, ella le preguntaba al público “ ¿Se cambia, señores, se cambia?” Y el público delirante aplaudía y ella abandonaba la escena y con la velocidad del relámpago se cambiaba de vestuario y volvía a salir más elegante, esplendorosa y radiante que nunca, cantando la canción que hizo tan popular, “Esto es felicidad.”


Al escribir sobre sus muchos viajes por América Latina y Estados Unidos, el punto de referencia es La Habana que :


.. no tenía su “Golden Gate Bridge” pero tenía el puente del río Almendares por el que había que pagar dos centavos cuando se cruzaba en un ómnibus público, la conocida “guagua” cubana. También tenía su bahía y su túnel, y más allá, al cruzarla, se alzaba el Morro centenario con su faro, la Fortaleza de La Cabaña donde tantos perdieron sus vidas en los paredones de Fidel, y su Cristo, que pudo haber hecho más por protegerla de lo que se avecinaba.
Mientras abundan los relatos sobre la iniciación sexual y las inclinaciones homoeróticas en autores más jóvenes, me sorprendió la sinceridad de Cárdenas, pródigo en detalles y recuerdos de su experiencia dentro de un mundo de prejuicios. El joven que se descubre gay cuando nadie usaba la palabra: …. “los gays tenían el “Intermezzo”, que estaba por la calle Refugios y el Paseo del Prado, relativamente a cuadras de “El Lucero”; el “San Michel”, posiblemente el más popular, enfrente del Hotel “Capri”, y otros que fueron poblando la bella área de El Vedado. Si no eran totalmente gays, eran “mixtos” donde se mezclaban los “chivos” y las “chivas”, como se les llamaba a los heterosexuales, con los “entendidos”, que eran los homosexuales.” También, de los clubes nocturnos: “La Red”, donde se hizo famosa “La Lupe”, el “Karachi”, “El Gato Tuerto”, “La Zorra y El Cuervo” y “La Gruta”.


Pero “La Concha” permanece en mis recuerdos como algo único, una experiencia sensual y sexual, el descubrimiento de quien yo era y la facilidad de poderlo exteriorizar en aquellos espacios tan minúsculos.
¿Y el teatro ustedes se preguntarán? El teatro tiene su lugar en las memorias de Raúl como la política y las costumbres cubanas permean el relato. Al salir de Cuba escribe:" De repente, la vista del Morro, unas nubes, y nada más. En menos de una hora ya estábamos aterrizando en Miami. Mi hermano me estaba esperando. Ya era libre y estaba triste." Están los espectáculos que vio, su participación en el Teatro Universitario y los incidentes con sus propias puestas, como Los ánimos están cansados y La palangana. Helena de Armas, Luis A. Baralt, Rubén Vigón, Rine Leal y Matías Montes Huidobro están entre los personajes a los que se refiere, siempre con bastante humor. Un día fue a entrevistar a Chela Castro:
[…] Eufórico, como si hubiese conseguido una entrevista con Elizabeth Taylor, me senté a ver la función. Lamentablemente, no era lo que yo esperaba y aquello fue un verdadero desastre. Si hubiese sido un terremoto en la escala de Ricther hubiese sido un 10, [….] consistía en cuatro monólogos, dos escritos por Alvaro de Villa, el conocido humorista cubano, uno por Efraín Huerta, que yo no tenía la menor idea quien era, y el más famoso de todos, "La voz humana", de Jean Cocteau, donde la actriz al final se suicida estrangulándose con el cordón del teléfono. Aquéllo fue tan malo, tan desastroso, que por poco salto al escenario y soy yo quien la estrangula.
Espero que algún editor inteligente publique pronto las memorias de Raúl. Mientras, Lanzar la flecha... les ha ofrecido una primicia que agradezco al autor .

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