viernes, noviembre 10, 2006

Adela Escartín:vivir en la piel de otra


Nacida en España, Adela Escartín hizo escuela en Cuba por sus conocimientos del « método» que impartió en privado en su academia de actuación. Un apartamento de la calle 26, cubierto de musgos y enredaderas, que en el 58 era muy moderno. Cuando una llegaba al último piso, atestado de libros, plantas y cuadros, Adela—a quien después entrevisté en "Vivir en la piel de otra"-- caminaba semidesnuda y se podía tropezar con su tortuga viajera. Su Academia fue la primera «casa» de artistas que vi en mi vida, a los trece años. Allí los objetos se reunían en desorden y las plantas crecían sin concierto al lado de los cuadros. Entonces no sabía que Adela era un mito. Recién llegada a la ciudad a principios de los cincuenta, Jorge Mañach relata el descubrimiento de su Yerma por el grupo Las Máscaras en el Palacio de los Yesistas, dirigida por Andrés Castro. Adela lo asombra por su “prestancia física, espléndida voz, dominio sobrio del ademán y, sobre todo, aquélla capacidad de transfigurarse”. Tampoco sabía que fue muy amiga de Vicente Revuelta ni que compartieron la «azotea» de la calle C no. 69 donde viví con Rine muchos años después.
Carlos Piñeiro, su marido, director de teatro y televisión, te recibía en la puerta y de pronto, en la penumbra del apartamento, entrabas como a un rito de iniciación. Adela se sentaba al centro y los alumnos la rodeaban sentados en el suelo. Los discípulos traían ejercicios de "incorporación" de árboles, animales, accidentes de la naturaleza y "memoria de los sentidos". Creo que no había mucha teoría sino indicaciones precisas y muchas improvisaciones. Adela comentaba cada uno de los ejercicios y las escenas se interrumpían con imprevistos, hablaba del poder de la concentración y decía que si los actores estaban concentrados podían ser insensibles, por ejemplo, al fuego. Y encendía ella misma un fósforo y se quemaba y lo hacía en una especie de conjura y fanatismo. Adela hablaba con una gran fuerza y era una excelente maestra. Su casa, el único sitio a dónde podía ir sola. Allí, en una escena de Arsénico para los viejos que otros traducen como Arsénico y encaje antiguo, me dieron un primer beso. Miguel Gutiérrez, rubio, alto, fuerte, el único galán que he tenido a escasos centímetros de distancia. Gracias a Adela -- imagino que por un interés y disciplina infrecuentes en una muchachita de esa edad—pisé un escenario real, en el Anfiteatro de Marianao. En ¿Dónde está la luz ? de Ramón Ferreira, pasaba por una ventana, muda y en La hija de Nacho, de Rolando Ferrer, una vecina con dos bocadillos.

Mi oportunidad llegó cuando la propia Adela interpretaba Yerma, en la recién estrenada Sala Covarrubias, sin terminar. Recuerdo que la veíamos llegar y sentarse afuera con Carlos a comer en el puente de concreto y que, largo rato antes de la función, permanecía en el banco de la escenografía, vestida con su traje azul. Aunque ya no tenía edad para hacer la mujer joven que desea la maternidad, siempre se la recuerda, sobre todo, por aquella capacidad para hacer florituras con la voz y su manera declamatoria de decir "Quiero estrellar la cabeza sobre el muro" que alternaba con una voz muy dulce y susurrante para las nanas.
Las lavanderas tenían una tela en la cara que desfiguraba el rostro. La escena mimaba la acción de lavar con ritmo y plasticidad marcados por un coreógrafo. Pero recuerdo la temporada de Yerma del 60 por dos cosas: el día que Miriam Mier, que hacía la muchacha loca, se enfermó y Adela me dijo ¿te atreves? e hice el personaje al toro. Otros recuerdos menos agradables no son muy pertinentes para un blog. Pero fue imborrable pararme en el escenario. Y todo el que alguna vez quiera escribir sobre el teatro debería experimentarlo.
Me ha asombrado, sin embargo, los pocos rastros de Adela Escartín en nuestra escasa memoria del período. Una excelente actriz que vive en Cuba por más de dos décadas, trabaja en todos los medios, tiene su propia sala -Prado 260- en la que da a conocer nuevos dramaturgos como Ramón Ferreira, enseña en su Academia y después del 59 se integra a los nuevos grupos y proyectos y continúa su magisterio. Y lo más sorprendente, cuando regresa a España, en 1970, vuelve al movimiento que dejó atrás, mientras actúa e imparte clases y escribe un libro, hoy agotado, sobre el ritual.
La descripción más completa del impacto de Adela en nuestro medio la he leído en El juego de mi vida. Vicente Revuelta en escena. (Esther Suárez, 2001). Vicente relata cómo se conocieron: “Adela tenía toda esa aureola de estrella, de artista genial que había estudiado con la Adler, que era una de las personas que había estado en contacto con el Teatro de Arte de Moscú…” “Fue una época maravillosa”, dice Vicente, que es tan parco para los adjetivos.
La otra, en las memorias de Francisco Morín (Por amor al arte. Memorias de un teatrista cubano 1940-1970). Adela aparece muchísimas veces y se comprende por el relato sabroso y pintoresco de las interioridades detrás del telón, los motivos por los que algunos la han olvidado. A mí me sucede lo contrario. Si cierro los ojos consigo verla en el banco detrás de una ferma, solitaria.
Agradezco la fotografía y es justo darles crédito a www.guije.com.

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