jueves, noviembre 30, 2006

Casa de miniatura : Breuer, Mitchell, Povinelli


Al fin he podido ver Mabou Mines, la compañía de Nueva York que junto a Foreman, Robert Wilson, Peter Schumann y el Wooster Group, ha sido punto de referencia de la vanguardia norteamericana. Mabou Mines Dollhouse, dirigida por Lee Breuer, también su adaptador junto con la protagonista Maude Mitchell, es más que una «adaptación», una revisión de Casa de muñecas , acaso la más célebre obra de Ibsen. Se presenta en UCLA Live tres años después de estrenada y de recorrer los más prestigiosos festivales, el último de ellos, el de Otoño de Madrid.

El comienzo es impresionante, el escenario desnudo se suplanta por cortinas rojas y lentamente se «arma» la casa de muñecas que Nora ha comprado como regalo de Navidad para sus hijos. Una intérprete se sienta al piano. Ejecutará la música doblada por un piano de juguete. Ya están todas las claves: miniaturización, juego y música que transforman el drama burgués de Ibsen en una metáfora de las relaciones entre poder y sexo, en el marco de la diminuta casita con muebles y utilería tamaño infantil que los actores vapulean y tratan con la violencia propia del juego de niños. Los personajes femeninos – Nora (Maude Mitchell), Kristine Linde (Honora Fergusson Neumann) y la criada Helene (Margaret Lancaster)—son altísimas mujeres de más de cinco pies y los hombres de la trama, Torvaldo (Mark Povinelli), Dr. Rank (Ricardo Gil) y Krogstad (Kristopher Medina) actores de pequeña estatura. La construcción visual establece la narrativa: el mundo de Nora es el que ha creado Torvaldo para ella a su imagen y a su tamaño, un mundo tan pequeño en el que no cabe y en el que para «caber» Nora tiene que disminuírse. Nora no es la heroína romántica, sino una malcriada muñeca de porcelana con look de pastora de tapiz del siglo XVII que, como todos, habla con acento nórdico mientras recorre el escenario escondiéndose en los baúles o debajo de los muebles como un niña pesada en sus cuartos de cartón y tabla. Es frívola, bastante tonta y a mí me resultó excesiva. Al lado de Torvaldo, es gigante o pequeñita cuando su marido la seduce o la encanta o la obliga, ya que no hay sentimentalización de los personajes sino desproporción y desmesura. Al equiparar el tamaño de las tres mujeres y los tres hombres, la obra no es ya el reino de Nora, sino de las noras o mejor de la disparidad entre lo femenino y lo masculino.

Kristine es otra Nora, otra arista de la dominación patriarcal, añora tener a alguien a quien servir y no amar. El climax del personaje de Kristine es la patética escena en la que Krogstad la corteja con un violín y ella –escondida bajo la capa de su pareja-- comete una felación más propia del vodevil.

Con los pequeños personajes Breuer está en el límite exacto entre la parodia aceptable y el grotesco, como cuando Helene carga al Dr. Rank – una réplica de Ibsen como caricatura – o cuando un utilero, a la manera del Bunraku, maneja a Torvaldo como un títere en ejecuciones de la danza clásica. Si en el primer acto los cambios en la adaptación son menores en cuanto al original, a partir de lo que sería el segundo acto, Bruer y Mitchell cambian, trasladan, cortan y editan a su manera y ya no es esa obra maestra de concentración y arquitectura que ha servido de base a todo el teatro posterior sino un híbrido posmoderno de formas: el melodrama victoriano, la música enfatiza los gestos grandilocuentes y los actores parodian en sus movimientos el muñeco de cuerda, el títere y el ballet no exento de cierta exploración kitsch hollywoodense por la que cae nieve artificial y viento de cuentos de hadas y libros ilustrados. Estamos en el ámbito de las muñecas y sus casas de miniatura movidas por hombres que son infantiles y «pequeños» no sólo en el tamaño.


El des-montaje de Ibsen transforma los momentos climáticos de la obra en otra cosa, el baile de la tarantela del segundo acto es un aquelarre de figuras distorsionadas y desconyuntadas por un efecto estroboscópico. La obra es el desasosiego de Nora por sentirse culpable ya que Torvaldo no se entera del contenido de la carta hasta casi al final. Nora ha salido de la «opereta» para convertir su arenga feminista un área de ópera. Se integra a las cortinas rojas del oropel romántico y aparece junto a treintiséis parejas de noras y torvaldos-títeres en la galería del teatro. Torvaldo está en la cama, solo, y no tiene la menor idea del torbellino que ha sufrido Nora, pero todavía puede satisfacerse solo y roncar a pierna suelta. En lugar del célebre portazo, Nora se quita la peluca y se desnuda, más desnuda en su cráneo rapado. Ha perdido los rizos y la vocesita de Betty Boop. Torvaldo la busca en la platea pero ella pertenece ahora a la tragicidad del bell canto.

Las fotos encontradas aquí y allá son de Richard Termine.

No hay comentarios: