martes, noviembre 28, 2006

Lucía Ballester en noviembre


Cada vez que he viajado a Miami la encuentro en su «taller» en el South West. La primera vez me enseñó sus cerámicas, como quien no quiere la cosa y me mostró su lugar de trabajo. Cerca estaban Adrián con sus fotografías y Gory en el cuarto oscuro. El año pasado, el retrato de Lucía Ballester aparecía desplegado en la exposición de Pedro Portales en la Feria del Libro. Lucía a gran escala, tamaño gigante, junto a Serafina Núñez y Lorenzo García Vega. Lucía con su nuevo libro (Betania, 2005) la portada de Gory y las bellísmas y extrañas ilustraciones de Adrián. No es ahora una plaquette, oh, después de todo las plaquettes, ¿recuerdan las plaquettes? Jesús Vega las evoca en su prólogo, pero ahora es un libro real y fantasmal donde la poesía parece surgir del mismo acto de vivir. La vieja amiga está delante de una ventana y hace versos con las puntadas y las manchas en las enredaderas.

El año pasado presentó su libro de poesía Una suma de frágiles combates.

Este año, sus esculturas y dibujos.



El año pasado le escribí un emilio como acuse de recibo.

Este año no he ido a Miami pero ya sé que alrededor de noviembre Lucía extrae una nueva obra del sombrero y me recuerda desde su humildad que no hay ninguna excusa ni un nuevo plazo ni justificación, ella crea como vive y respira y camina y llena el instante de palabras cautelosas.

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