jueves, noviembre 16, 2006

Ojai y Adah Menken



Hay que pensar bien de una ciudad por pequeña que sea, si tiene una librería como atracción turística junto a la lavanda, el clima y los estudios de los artistas. La librería de Bart, en las calles Cañada y Maitilija, en Ojai, vende libros «viejos» como se dice en La Habana, que atesora en su Plaza de Armas una gran concentración de libreros, al aire libre, a la intemperie. En California donde las librerías son refrigeradas, tienen aspecto de mall y son empresas transnacionales, la librería de Bart es una rareza –que comenzó en 1964—y se mantiene abierta, los libros expuestos al aire y al viento, como si fuera una panadería, con lugares para sentarse y leer al sol y a la sombra.

No me defraudó Bart’s. Y cuentan que los viajeros que vienen al valle en busca de descanso y tranquilidad como nosotros, también llegan. Allí me compré lo que pensaba sería una biografía seria de Adah Isaac Menken, titulada Queen of the Plaza, escrita por Samuel Edwards. La edición de 1964 estaba tan conservada que me dio por pensar que el libro merecía la pena. Adah Menken, gracias al poeta Juan Clemente Zenea, es una presencia tan fuerte entre nosotros, que incrédula busqué y busqué en el índice y en el texto, sin dar crédito a mis ojos. Nunca se menciona a Zenea. Lo único que se cuenta de la Menken – aunque el autor consultó la Colección Adah Isaac Menken, de la Universidad de Harvard—es su llegada a La Habana desde Nueva Orleáns como amante del barón Von Eberstadt con quien lleva una intensa vida de fiestas y asistencia a los teatros.

Nuestra ciudad queda bien parada, pues Edwards escribe que Nueva Orleáns tenía cuatro teatros y en La Habana había veintisiete. Se hospedan en la posada Obispo, Adah se compra ropa interior, vestidos caros, hasta que un día es más efusiva de la cuenta con un admirador, con quien flirtea, Ramón en su Diario. De regreso al hotel e inesperadamente, el barón ha hecho sus maletas para Nueva York y Adah está sola y sin un centavo en La Habana.

Según Edwards, Adah nunca bailó un simple paso en La Habana, donde asegura que nadie ni ningún crítico la vio representar. Asistió como espectadora al teatro Tacón, pero nunca ganó un simple dólar como actriz o bailarina.

Desilusionada con mi hallazgo, lo que pensaba sería una lectura sosegada y aromatizada con lavandas, se convirtió en tortura, pues tengo que averiguar por qué se omite un pasaje que para la mayoría de los cubanos no requiere comprobación. Los ojos verdes son los de Adah Menken, los ojos descritos por Zenea. Existe una apasionante bibliografía sobre la actriz y poeta que la reivindica como inventora de identidades que manipuló sus orígenes hasta el total desconcierto y fue una audaz precursora. Actriz del burlesco, representó semi-desnuda, posó vestida de hombre y esuvo vinculada con célebres como Whitman, Twain o Alejandro Dumas.

No me pesa, sin embargo, haber comprado el libro. Tiene un hermoso ex-libris con un sello al relieve como el que alguna vez quisiera tener en los míos. Su propietaria fue Frances Holt y al parecer cuidaba su biblioteca. Como en los folletines por entregas, por supuesto, habrá más sobre Adah Menken que cuando llegó a La Habana, según Enrique Piñeyro, integraba el dúo «The Theodore Sisters». Zenea la conoció, entre bastidores. Y fue y todavía es la reina de la plaza.

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