jueves, diciembre 07, 2006

Barba: No nos han domesticado


No nos han domesticado, dice Eugenio Barba en una entrevista para Clarín, de Argentina, uno de los lugares a los que con más frecuencia vuelve el teórico y director del Odin Teatret. El Odin, con cuarentidós años, es uno de los más longevos en el panorama europeo y de los que ha dejado huella visible, sobre todo en el teatro latinoamericano. “No nos han domesticado”, dice el autor de Arar el cielo (2002) que compila algunas de sus cartas y escritos dedicados a esta zona del mundo. América Latina apareció temprano en sus espectáculos, un Che personaje en Talabot, o la columna Prestes en Mythos, según el estudioso catalán Lluis Masgrau, que introduce y anota las cartas en “Arar el cielo para alumbrar raíces.”

No he leído muchas notas sobre Arar el cielo, otra incursión en el género epistolar, como Cenizas y diamantes, que contiene cartas intercambiadas entre Barba y Grotowski por muchos años. Arar.... carece de su otra mitad, las respuestas de los destinatarios, que hubiesen convertido el pequeño libro en un real diálogo. Desde luego, es posible intuirlas. Las dirigidas a Nitis Jacon versan sobre la celebración de una ISTA (International School of Theatre Anthropology) en Londrina, Brasil, donde descubre a Augusto Omolú y sus músicos con los que crea Orô de Otelo, un espectáculo en el que Verdi se funde con el candomblé.

Algunas misivas son de admiración por los maestros- en-vida como Atahualppa del Cioppo y Santiago García; otras recogen su relación con los editores—Edgar Ceballos, de México que publica la revista Máscaras y en cuya colección Escenología aparecieron textos fundamentales, entre ellos La canoa de papel y El arte secreto del actor, y la revista Conjunto, en ocasión de donar el importe en metálico del premio Sonning “por haber documentado los años de lucha y coraje del teatro latinoamericano que tanto ha significado en mi vida y en el destino del Odin”.

El recorrido permite intuir que el viaje no es el del conquistador que viene al nuevo mundo a imponer su teatro y extraer sus tesoros, sino en todo caso, del explorador que con respeto y humildad pregunta, inquiere y establece una relación basada en el trueque, el intercambio y el estudio. No falta tampoco la carta dolida, herida y áspera al «hermano latinoamericano», dirigida a Mario Delgado, director del Cuatrotablas, de Lima, que con la organización de Ayacucho 1978 propició el primer contacto «oficial» del Odin con su «patria-cielo». O el ensayo más general «La cultura del naufragio», un diálogo con diversos intelectuales latinoamericanos, entre ellos el crítico uruguayo Roger Mirza.

A pesar de ser publicado en La Habana, no hay cartas de Cuba, un lugar donde Barba tiene tantos amigos y entusiastas. Y aunque en En las entrañas del monstruo declara que su relación con la isla data de su admiración por el Ferdydurke, de Gombrowicz – Virgilio Piñera fue el rimbombante presidente de comité de traducción-- no hay referencias cubanas en el libro.

Imagino que alguna vez alguien se encargará de documentar esa relación intensa de Barba con los cubanos. Claro que será difícil, hubo momentos en que hasta preservar un casette era una odisea y las entrevistas (al menos las mías) se grababan una encima de las otras. Quizás la tecnología del futuro encuentre en el éter la palabra de Barba encima de un danzón de Antonio Arcaño o un poema de Lezama Lima. Le oí hablar de la isla de «corcho» y de José Martí en varias ocasiones durante los encuentros de 1994, se interesó por los jóvenes que leían a Gurdieff y se enteró primero que yo que tener fe en el argot del periodo especial era "tener familiares en el extranjero". Tal vez son recuerdos vagos y no están debidamente registrados para ser incluidos en un libro o quizás estén en el tintero de algún libro por venir. De todos modos, con cartas o sin cartas, el libro le habla también a los cubanos y son muchos los que lo leen, como escribe Reina María Rodríguez, y no sólo en la cola del pan.

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