sábado, diciembre 09, 2006

Imperfecto y desaliñado


Esta semana el crítico de LA Weekly se lamenta -- seguramente con toda razón-- de la falta de riesgo del teatro en Los Angeles y sostiene que una opinión similar tienen sus colegas de Nueva York. Y yo pensaba que los que me lean podrán pensar, si leen la crónica sobre Lynn Redgrave o del Mabou Mines, que he salido muy complacida y feliz del teatro. No me desdigo pero muchas veces extraño el sentimiento de complicidad real que me producía lo que el crítico Gerardo Mosquera --que no me dejará mentir-- llamaba en nuestro argot de entonces, el «teatro de la croqueta».

Como la croqueta, el teatro era imperfecto, rústico, desaliñado pero se volvía indispensable o tenía algo que decir a los que éramos entonces sus espectadores. No requería edificios o cortinas ni de mucha iluminación, tampoco demasiado aparataje técnico, no era costoso ni sofisticado, era natural y estaba contaminado de naturaleza, muchas veces se integró al paisaje – en locaciones naturales – o invadió espacios abandonados en la fábrica o el barrio o la calle. Una función teatral era un evento de la comunidad que teatralizaba historias, tradiciones, cuentos y también problemas reales y locales quizás demasiado sociológico o aldeano, pero la mayoría de las veces punzante y bien recibido por los espectadores . En homenaje a ese teatro que tuvo muchísimos detractores, entre los que estaban los cultivadores del «teatro de sala» y los autores que se consideraban preteridos y muchísimos otros con tantísima razón, utilicé como portada de mi libro En tercera persona: crónicas teatrales cubanas (1969-2002) una fotografía de Grandal, donde todos los espectadores (incluida la cronista que casi no se ve) estamos en el suelo, frente al griot, el actor, el cuentero, en esas pequeñas obras del Cabildo de Santiago, en la ciudad oriental de Cuba, basadas en una forma teatral propia y paródica que disfruté muchísimo: el teatro de relaciones. Ha pasado el tiempo y somos los mismos y diferentes. Y nunca más me he sentado en el suelo en una representación. Todas esas prácticas murieron de muerte natural vencidas por la necesidad de decir otras cosas y contar otras historias a otros espectadores, lo que no ha podido ser suplantado es el apremio de sentir que el teatro se arriesga y lanza todo al fuego –hasta el arte—para alimentar la hoguera.

La fotografía es de la puesta en escena de Huelga, de Albio Paz, dirigida por Santiago García. La fotografía es de Vidal Hernández.

1 comentario:

Mabel Hayes dijo...

Me apasina leer ese libro.
Como puedo conseguirlo?
Bicho Hayes
www.patriciosunidodeíe.com.ar