domingo, diciembre 03, 2006

Las morcillas de Acebal

Mi crónica sobre el libro de memorias de Sergio Acebal se resistió a estar en el blog, al principio la única fotografía que encontré del comediante se acomodó, pero cuando revisé, desapareció por arte de magia, motivo suficiente para que «las morcillas de Acebal» fuera a parar al borrador. De todas maneras, cumplí con mi palabra porque cuando escribí de Arredondo, prometí comentar este rarísimo libro, mitad memoria y mitad de versos, en el cual el negrito del Alhambra ya anciano cuenta algunas anécdotas simpáticas pero casi nada de su experiencia como actor. Si logro recuperar la foto o encontrar alguna mejor, volverán las morcillas de Acebal, un actor que se mantiene por más de treinta años vigente y sobre el que hay tan pocos rastros.


Es muy difícil saber algo del actor Sergio Acebal por Mis memorias (1955). Ocasional y fragmentado, el libro – prologado por Juan J. Remos-- parece responder al estímulo del presidente Fulgencio Batista y el coronel Tabernilla que pagaron la edición a solicitud del ya anciano comediante (1889-1965). El actor –acostumbrado a ocultarse detrás de su máscara – intenta presentarse no como caricato sino como cronista y poeta –escribió para el Diario de la Marina una sección en verso—por lo que sólo entre líneas y agazapado aparece el popular «negrito» del Alhambra.
Comienza como aficionado mientras trabaja como boticario, obtiene su primer papel cuando se traga una «puntilla», asiste a la tertulia del café del teatro Albisu que era como «la bolsa del teatro» y consigue actuar como tarugo en un drama «de largometraje» de Gerardo Artecona y luego de negrito. Un representante teatral lo felicita y desde entonces hasta que dejó el teatro en 1936 pasaron por su cara “ previamente quemadas, todas las cortezas de un bosque de alcornoques”.


Aunque sus relatos no son cronológicos, sitúa sus comienzos en 1911 con los cuadros de aficionados de Vital Alza, pero luego Villoch lo ve actuando en el Payret y lo contrata. Debuta en 1912 con una obra de Villoch titulada Regino por la isla y después en La casita criolla “que muchos achacaron a la propaganda política, pero que en el fondo sólo era un amable cuadro de nuestra vida nacional en aquel momento histórico.” Después de las cien representaciones, cuenta que en en todas las casas se cantaba el dúo de “Bella Guarina, encanto mío.”
Sin embargo, en lugar de contar sus avatares como actor se extiende en detalles de las obras de su autoría – como Locura de amor--o cuenta halagado su encuentro con Blasco Ibáñez y cómo le explicó que había fusilado un cuento suyo. Y hasta incluye una crónica del exigente Conde Kostia sobre su obra “El cañón de Ordóñez”.
Han sido otros los que han creado su imagen para la posteridad. Arrom incluye su romance o subdesarrollada ars poética sobre el teatro cubano que ya había aparecido en González Curquejo. Eduardo Robreño lo recuerda por su cualidad para meter morcillas. En una escena con Eduardo Muñoz, el Sevillanito, en un picúo melodrama de Sánchez Galarraga titulado La flor del cabaret, Muñoz se había vestido de frac blanco, confeccionado por un sastre conocido por Sabrosura. En el momento más dramático y a punto Eduardo de morir en escena, Acebal entra y le dice «!Sevillano, dice Sabrosura que antes de morir le liquides el frac blanco!».

Cristóbal Díaz Ayala – cuya impresionante Discografía de la música cubana recoge muchísimos artistas del Alhambra -- y es de los pocos no sólo que ha oído sus grabaciones ( que eran más habladas que cantadas) sino las de los restantes intérpretes, pone en duda que fuese el mejor negrito. Otros le parecen más graciosos. Parece ser que su fuerte no era el canto ni el baile sino la crítica, la morcilla oportuna y la relación con el público, hoy tan difíciles de reconstruir.
La fotografía está en la Discografía de Díaz Ayala como cortesía de Rosendo Rosell.

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