miércoles, enero 17, 2007

Alberto Pedro por redescubrir


El otro día estuve hablando con un escritor interesado en la obra de Alberto Pedro. La conversación me reveló que muchos jóvenes no han visto sus obras y carecen quizás de las vivencias del espectáculo que a otros nos parecen naturales. Y es que muchas de sus piezas son bastante difíciles de encontrar y están dispersas en revistas hasta que no se publique la edición cubana de su «teatro completo» que lleva años en su preparación. Nadie imaginó que no estaría entre nosotros para verla, como tampoco conoció la edición francesa de tres de sus piezas que apareció después de su muerte. La mauvaise Graine publicó, traducidas por Andre Delmás, "Delirio habanero", "Manteca" y "El banquete infinito", no editada aún en español y en proceso de montaje por Teatro de la Luna.
Revisé y releí algunos textos que como la entrevista de José Monleón en Primer Acto 228 " Todo esto representa el fin de una época" (1989) adquieren un nuevo significado o la introducción de Estorino para "Weekend en bahía", «Dos mundos incompatibles», todo me pareció repentinamente nuevo e inquietante, Alberto Pedro está casi en su totalidad por redescubrir, obras que no se han editado, sus adaptaciones para la televisión y sus guiones para el cine.

Recordé el trabajo de Irene Sadowska-Guillon, entusiasta y conocedora de la obra de Alberto Pedro, gracias a quien hubo lecturas y puestas en escena en París y estas traducciones que sin dudas han internacionalizado su obra. También "Manteca" aparece en mi antología Morir del texto (1995) de dónde extraigo al azar estos fragmentos:
Aquí están estos tres hermanos extraídos de la tradición cubana, Dulce, Pucho y Celestino bordean una situación límite. El escenario está poblado de objetos en desuso, y como en un desván, coexisten una bicicleta rota, latas oxidadas, trastos, un tanque de agua y un empolvado busto de Lenin. La función que presencié aprovechaba la condición de local de ensayo para plasmar en el espacio escénico las carencias de la vida cotidiana de hoy, empleaba la luz del día y la música en vivo improvisada sobre los míticos temas de Chano Pozo.

Los restos de escenografía de puestas en escena del antiguo Teatro Político Bertolt Brecht, (del cual la directora Miriam Lezcano y otros integrantes de Teatro Mío formaron parte), parecían los restos de un naufragio. Un panel de El rojo y el pardo o un aforo de El carillón del Kremlin eran como despojos y fragmentos de un repertorio obsoleto. Sin embargo, situaban la pieza en un ámbito exacto. El derrumbe del llamado socialismo real encarna en una obra sobre lo que somos aquí y ahora, pero al mismo tiempo sobre la desterritorialización creciente del mundo, la pérdida de las utopías, la desilusión y la frustración pero también de la necesidad de nuevas ideas y de la voluntad y resistencia humana, en una de las obras más valientes de la última década.

Sólo después de los primeros cuarenta minutos de espectáculo (más de un tercio de la pieza), se desata la intriga. El espectador se entera que los hermanos crian un puerco clandestinamente para aliviar las dificultades del período especial. Entonces adquieren sentido los rituales cotidianos: el arroz se divide escrupulosamente para cada día de la semana y los más disímiles objetos se reparan en un caótico taller.

Las fotografías son de la puesta original dirigida por Miriam Lezcano con Teatro Mío en 1993. Jorge Cao (Celestino), Michaelis Cué (Pucho) y Celia García (Dulce) y un programa de mano.
También apareció en inglés en The Drama Review 149, spring 1996: 19-43. Y se ha representado en varias ocasiones en los Estados Unidos, Canadá, España y Francia.

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