martes, enero 23, 2007

Memorabilia

Hace unos años leí que el fiat seiscientos hacía su salida del mercado para aparecer titubeante en alguna película de Kieslovsky y por supuesto, en las calles de La Habana, donde ha ganado su merecida fama y ha resistido todos los embates. Mi polaquito fue oficina y ambulancia y me dejó ir a los teatros y a todas partes con más facilidad que a otros que en ese momento iban a pie y estaban en su «estado natural» y jamás pensé que tener o no tener un polaquito era tan importante en nuestras vidas. Me duró poco el polaquito, la verdad, no por culpa de él que debía ser objeto fetiche, sino porque es parte de las pérdidas y las cicatrices que nos dispone la vida, perdemos nuestros libros y cambiamos de casa y queremos y volvemos a querer. Nadie que vive en países donde tener un automóvil es casi normal, como una extensión de los piernas, puede entender lo que sí polacos y cubanos entendemos bien. Gracias al tamaño del «sacapuntas» que muchos nombres tuvo en el argot popular, jamás he podido manejar ningún otro automóvil, no tengo la distancia y pericia requerida para acostumbrarme a otro y el polaquito y yo formamos a la larga una pareja armoniosa. Extraño al polaquito. Hace veinticinco años estoy en el portal de la imprenta de Zulueta --cerca de una estación de bomberos y de lo que quedaba en pie del Teatro Martí--cargada de galeras (que es como se llama a las pruebas de los linotipos) y aunque casi todo lo volviera a hacer de manera diferente, si pudiera, me compraría un fiat 126.

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