lunes, febrero 19, 2007

Crónicas desordenadas I


Regresé de La Habana después de los quince días «reglamentados» por administración norteamericana y la humillante licencia que posibilita viajar legalmente (Cancún- La Habana- Los Angeles) y aunque me «despedí» del blog, en el fondo, me hubiese encantado escribir desde allí, que al menos hubiese tenido cierta actualidad respecto a los tantos que lo hacemos en la distancia sin siquiera contrastar lo que piensan los que la habitan. Sin embargo, ni aún con internet –que no tenía—hubiese podido escribir una sola palabra. No me enteré de ningún nuevo emilio sobre el pavonato y en estos días contribuyeron al debate, entre otros, Reynaldo González, con un texto que no alcanzó a leer en la Casa de las Américas y José Milián –desprovisto de correo electrónico—y ha sido de los pocos teatristas que ha intervenido, pero es a mi regreso que los descubro como no escuché ningún comentario sobre la intervención de César López, tampoco hablé con nadie que estuviese invitado al debate en la Casa y lo único que «me llegó» es que un grupo de jóvenes coreó respetuosamente «Desiderio, oye mi cri-te-rio” ante la puerta de cristal que alguna vez custodié (espectáculos de Eugenio Barba, 1994) ante la avalancha de jóvenes que no alcanzaron a entrar, también entonces, los que llamaron la atención del italiano porque leían a Gurdieff en la cola del pan. A mi regreso y en las revistas llamadas anexionistas por la prensa cubana y en los blogs de los que soy asidua, leo lo que se vivía en La Habana mientras la visité. La sensación es irreal, intensa, dislocada y te hace pensar en ella como un lugar inexistente y en ti misma como una intrusa que se interesa por temas que ya no le corresponden. Una visita «familiar» te permite ver a los que quieres, estar con tus afectos, conocer de sus progresos y sus vicisitudes y eso es suficiente y recompensa todo lo demás pero desde luego, como no hay otras, te impide no participar – que es imposible—sino hacer las cosas que hace seis años eran habituales. ¿Por qué? A lo mejor un sicólogo tiene la respuesta acerca de esa mediación que se establece, signada por el trauma de su preparación y agravada porque después de siete años de emigrar, consultar por ejemplo en la Biblioteca Nacional José Martí requiere de un permiso o pase que cuesta 6 CUC y rige por dos años, no así en la Biblioteca de Literatura y Lingüística en dónde pude hallar una joya de 1919 , ¡la mejor obra de Sánchez Varona según Arrom! que nadie había abierto desde entonces. Aunque es una alegría, ni siquiera pude entusiasmarme con un hallazgo bibliográfico. No creo que nadie pueda pensar que son los seis CUC los que me duelen, aunque los cuc duelen muchísimo porque al cambio, mil dólares son 800 CUC y todos quisieran dejarle a su familia y a sus amigos e incluso a los que no conoce todos los cuc del mundo. Por cierto seguí sin averiguar qué quieren decir las siglas cuc y me intrigó la opinión de un botero clandestino que me dijo que Raúl haría algún gesto de buena voluntad con los americanos y eliminaría el 10% de esa penalización. Como se sabe, en Cuba la familiaridad es sorprendente y Raúl es Raúl a secas y la gente tiene la ficción de que conoce lo que piensan.

La Feria del Libro fue multitudinaria y vi a Wole Soyinka en la televisión como una vaca sagrada pero mucho más apuesto que en 1987 cuando fui su anfitriona en el congreso del Instituto Internacional del Teatro, más patriarcal y menos sexy. Desde luego que él ya no debe acordarse. Mi experiencia con casi todos los invitados ha sido la misma, hemos sido los funcionarios de turno, Wole no tenía por qué ser una excepción. Como no fui a la Feria por la distancia y porque salir de La Víbora es como diría Felipe, un proyecto, me llegué a la Alejandro Humboldt de la calle 10 de Octubre que siempre tuvo largas colas, sobre todo de libros para niños, y compré dos o tres que necesito, entre ellos, una de las novedades, San Isidro 1910, Alberto Yarini y su época, de Dulcila Cañizares, el tomo II de Historia de la literatura cubana y una reedición de Ella escribía poscrítica, de Margarita Mateo, que entre los tres sumaron 77 pesos cubanos, un precio que la mayoría no puede pagar por tres libros aunque uno de ellos sea imprescindible y de consulta.


De paso fotografié esa zona de la calle 10 de Octubre que desemboca en el Edison «glorioso, genial y luminoso» dónde sólo tres gatos recuerdan que estuve y aunque no soy buena con la cámara, retrata más que la calzada más bien enorme, mi estado de ánimo, una tarde casi gris después de consumir una cerveza Polar de quince pesos –botella verde-- en un congelador escondido en la que fue mi Habana. Mañana sigo con mis crónicas desordenadas.

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