domingo, marzo 18, 2007

Un premio para Fina



Hace una semana la prensa chilena e internacional dio la noticia y la poeta Fina García Marruz salió de su concha a los ochentitrés años para hacerse visible ante los reflectores con el premio Pablo Neruda. Lanzar la flecha.... se alegró muchísimo, entre otras cosas, porque Fina y Cintio fueron los primeros poetas que vi en persona en la casa de Figueroa 358, entre Vista Alegre y San Mariano, en La Víbora, donde vivieron cincuentaaños y desde donde salían del brazo y conversando. Los Vitier eran muy caminadores y una pareja que también por mucho tiempo hizo sus trayectos en la ruta catorce, el acordeoncito, esa guagua viejita y llena de remiendos a la que Cintio dedicó un poema como al zapatero Juan. Y Fina, callada, en apariencia tímida, conversaba tanto y tan animadamente con Cintio que para mí que los veía de lejos, desde el balcón de la acera de enfrente, eran lo más parecido a la felicidad. Después me leí sus libros, sus miradas perdidas, sus visitaciones. Por años se les encontraba en la colección Cubana, encorvados sobre los manuscritos para descubrir a Martí y el epistolario de Juana Borrero. Pero no soy la más autorizada para hablar de su poesía ni de los méritos de sus investigaciones literarias, ni siquiera de la persona Fina con la que tal vez intercambié un saludo o una llamada telefónica cuando publicamos su trabajo sobre la crítica teatral de Martí.
Sin embargo, como todas las mujeres cubanas, brinqué de alegría porque se premie el trabajo continuado y no el brillo pasajero, porque se premien la fe, la humildad y la poesía sin más. Cuando en julio, Fina viaje a Santiago de Chile a recibir su galardón tan merecido, como pocas veces, pienso, un premio será tan compartido.
Recuerdo emocionada la ovación que recibió el día que en la Casa de las Américas leyó su «Familia de Orígenes". Y para terminar, una pequeña anécdota. Entonces trabajaba con una muchachita estupenda muy lectora y muy amiga de una nieta de Fina. Ella hablaba con tanta familiaridad de nuestra «fina» que, intrigada por su forma digamos íntima de referirse a ella, le pregunté. Y ella me dijo que Fina era una gran poeta pero también una abuelita que cuidaba a los enfermos, veía la telenovela y hacía panetelas. Y habló de la fe y del misterio de la existencia y de los tenedores y las cucharas, de la banda gigante y de Charlot.
Una crónica humorística e impredecible tomada de un periódico chileno habla de una desconocida y « fina» señora Josefina. Las dejo con ella, con su voz.

En la fotografía está con su hermana Bella, esposa de Eliseo Diego y desaparecida muy recientemente.

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