domingo, mayo 06, 2007

El imán de Alberto Yarini (II)


En las notas al programa de La vida en rosa: una tragedia musical (Teatro Buendía, 1999) Raquel Carrió escribía que Réquiem por Yarini aporta «la estructura de un mito» y ofrece «claves inherentes al proceso cultural cubano». También habla del« fetichismo de la leontina [que] pudiera asociarse con una construcción ilusoria que va a costar la vida.»
En la obra de Carlos Felipe, la joya está incluida en el cambio que Lotot le propone a Alejandro: la Santiaguera y la leontina. Creación de un orfebre parisino, tiene una leyenda. Un hombre está ante una puerta cerrada que conduce a un palacio o un castillo. Lleva un puñal en la mano derecha con el que se hiere el cuerpo y con la otra se cubre de fango las heridas.

Yarini: ¿Qué hay en el interior del castillo?
Lotot: Habló de un superior anhelo.

Pero Yarini pierde la apuesta y no puede adivinar el «bicho» que le cuelgan: "Un músico al que la flauta no le suena". En uno de los parlamentos más interesantes de la obra, habla consigo mismo al recorrer los seis números de la charada, pues es experto en tumbar el bicho con seis números. La propensión de Lotot al «contenido pornográfico de sus versos» lo decide por el muerto, el ocho, pero se equivoca y pierde.
En uno de los testimonios del libro de Dulcila Cañizares San Isidro 1910 el padre de Yarini, Cirilo Yarini Ponce de León, recibe las pertenencias de Alberto de la Sala de la Audiencia. Entre los muchos objetos que recobra, está «una leontina barbada martillada al parecer de oro que forma un dragón con una piedra blanca al parecer de brillantes".
Al final de la obra, Yarini herido, clama por el dije que, en la muerte, al parecer, le abrirá las puertas del castillo. El trayecto del teatro cubano está lleno de objetos que condensan una ambición o anhelo que trasciende su limitada posesión y constituyen una realidad, ilusoria y poética, que como en el legajo de la Audiencia, parece otra.

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