domingo, agosto 26, 2007

Fiesta y juego de disfraces


En casi todas las obras del teatro bufo del siglo XIX hay fiesta de reconciliación y una «rumba final» bailada por toda la compañía, elemento que se reitera por treinticinco años en el repertorio del Teatro Alhambra. Pero también guateque campesino que se convierte en casi drama cantado en Alma guajira, de Marcelo Salinas (1928) con preponderancia de décimas y controversias. Y en Tiempo muerto, Jorge Mañach la reunión es sofisticada, transcurre en la terraza de un chalet en El Vedado y se juega al Mah Jong. La imagen de la fiesta de sociedad no es nueva. Gustavo Sánchez Galarraga la describe en sus interioridades y «discreteos». En El mundo de los muñecos viste al padre de la protagonista de Polichinela y a Bebé, de merveilleuse. “En el mundo del capricho vives y de capricho estás vestida. De modo que eres un capricho más" , le dice Clara a Bebé y los personajes parecen salidos de la crónica social de una Habana pendiente de la moda europeas y acostumbrada a sus gustos y sus excentricidades.
Otras fiestas galantes encontramos en La gallina ciega, de Salvador Salazar que teatraliza un cuadro de Watteau: un drama «versallesco». Anticipan la fiesta de disfraces de Felipe en Capricho en rojo, de Carlos Felipe – escrita y premiada en 1948 pero publicada en 1959- organizada por el famoso “condesito Soria”, entre condes y damas benefactoras, modistos que propinan injurias contra la "aldea" que es La Habana y jóvenes disfrazados de Pierrot y Colombina, pero donde se bailan congas y se ven películas de relajo y hay seis figuras vestidas a manera de «caprichos». Por el camino hay fiestas de carnaval en Juana Revolico, de Flora Díaz Parrado, como en Tambores, de Carlos Felipe el solar prepara una comparsa.
En José TrianaTriana reaparece en muchas facetas la fiesta «porstergada» como un ejercicio ritual. La última de ellas en La fiesta o comedia para un delirio (1992), una fiesta cubana, aunque transcurra en un mezzanine de Coconut Grove, un hotel en Miami o en un parque: deseo, capricho o acto voluntarioso de Gerardo que la prepara instigado por Perucho, caracterizado como Tres Patines. Los personajes asumen sus disfraces “bufos” pero también pop y si Amelita y Perucho son como la negrita y el negrito, otros vestirán como actrices de los años cuarenta o María Antonieta. El lugar les parece horrible, fúnebre, feo y sin «pinta» para la fiesta pero se ven precisados por lo que Gerardo establece como un acto de poder, el de un pequeño tirano al estilo de los manengues antiguos.
La familia exiliada en esta obra o “delirio” está desunida y fragmentada y será víctima de un timo tramado por Perucho. Se finge tío de la esposa de Gerardo para llegar a Miami. Su supuesta ahijada no lo secunda y le propina un batazo desenmarcándose del timo. El lenguaje es una maravilla, un inventario de frases y modos de hablar de los cincuenta: de rinquincalla a siquitraque, de váyase a la puñeta a me voy pitando. El disparate es lingüístico, sonoro y visual. Hay una papaya explosiva, ruido de caballos, lejanas estrellas que cruzan, grillos, cocuyos y sonido de las olas del mar. Y un repertorio musical intenso: desde "El botellero", de Moisés Simons, el danzón "Almendra", "Son de la loma" a la salida de Cecilia... en parodia. La fiesta se malogra. Una avioneta colocada en el centro de la pista de baile es el colmo del despropósito. Mientras Doña Pepilla, anclada en la época del mítico presidente Menocal, está hastiada de la política, la política -- que siempre es una enfermedad-- matiza esta obra alegórica.

La postal de la Colección de Cuban Heritage Collection.

2 comentarios:

General Electric dijo...

"de rinquincalla a siquitraque, de váyase a la puñeta a me voy pitando. El disparate es lingüístico, sonoro y visual. Hay una papaya explosiva, ruido de caballos, lejanas estrellas que cruzan, grillos, cocuyos y sonido de las olas del mar".
Amiga Boudet, que de memorias dulce trae Ud. a la memoria de este viejo: me parece estar paseando por una Habana de traje, carnaval y serpentina
saludos

Rosa Ileana Boudet dijo...

Amigo lector: El mérito es de José Triana, la obra es bellísima, está en la edición de Ollantay (1995) y sólo me resiento haber reparado en ella tan tarde. Cuando digo esas palabras y muchas otras, estoy citando de manera indirecta a José Triana. Deberían animarse a leerla en alguna parte y a montarla --un gran musical-- y una obra sobre cubanidad y cubanismos «cubiches» y nostalgia y de todo como en botica.