jueves, agosto 23, 2007

Una mantilla brillante


Una nota de Carlos Espinosa Domínguez renueva mi interés por Joseph Hergesheimer, autor de San Cristóbal de La Habana, publicado por Alfred A. Knoff (1920) y disponible en inglés gracias a Internet Archive. Espinosa cita una edición española que no he localizado y desde luego a Cabrera Infante, que lo calificó como uno de los más hermosos libros de viajes que había leído. No voy a redundar en la descripción del libro y sus tópicos esenciales, entre los que destaca la belleza de la ciudad, sino la capacidad del escritor para descubrir lo que La Habana le aporta a su literatura al narrar, por ejemplo, escenas de lascivia, como cuando encuentra a sus «ladies of pleasure» en un patio de la ciudad. A su juicio, una escena semejante no aparecería en la literatura norteamericana, a la que a su juicio, falta candor.
¿En qué radica la seducción de este libro de viajes que se limita a las manzanas que rodean el Hotel Inglaterra y no narra ni excursiones ni incursiones a sitios «turísticos» ? El viaje carece de peripecias y estridencias y el viajero es un paseante: de las calles aledañas al Hotel donde se hospeda, hasta un poco más lejos, la calle Obispo. Se concentra en los patios, los balcones y las rejas, se toma un café en El Telégrafo, luego un daiquirí y saborea el aroma de un Corona. Del frontón Jai-Lai o las peleas de gallos a espectáculos mediocres. En el Martí aprecia la revista Arco Iris, una mezcla de Viena y Broadway, que le recuerda los espectáculos de Ziegfield que ha visto en Nueva York. En el Payret, mas que ocuparse del espectáculo, «the stupidest performance I remembered » lo atrae la concha agitándose en la monotonía de la representación. Y en el Nacional asiste a un concierto de danzones, que atrapa su interés, prevenido de la «potente actualidad del peligro»: la lujuria del baile.
Sin embargo, lo que más me interesa del texto es su alusión a cómo nace, a partir de una aparente escena trivial, en una vidriera donde venden mantones, la que será después su novela The Bright Shawl, adaptada por Edmund Goulding para la pantalla y filmada en locaciones en La Habana. Ve a una mujer asomada a un balcón del Malecón y recuerda una mantilla perdida, investida de melancólica dignidad. A partir del colorido de los mantones, surge escena por escena y emoción por emoción, su próximo texto e imagina mantillas más finas que ninguna de las usadas por María Marco, la estrella operática que vio cantar en Nueva York o Doloretes que lo cautiva "a woman as brilliant as the orange-red shawl draped before me over a chair". Y el crepé de china, el peso de los bordados, la belleza de las puntadas, hace a la mantilla más deseada que cualquier joya. Con su preciada compra en la habitación del hotel y esa ilusión de completa irresponsabilidad y libertad que siente en La Habana, nace su idea de convertirla en párrafos y capítulos de su historia, la que mentalmente describe durante sus paseos. " The charm of Havana was its strangeness, the vividness of its sudden impression on me, the temporary freedom, grace, it offered" (247) .


Cuando vi hace algunos años The Bright Shawl (1923) para la investigación de ¡No es Cuba, es Hollywood! que publicó Encuentro, sabía todavía menos del autor de la novela, pero ver la película de John S. Robertson -la copia de 35 mm restaurada con sus tintes originales y en una sala privada de proyección-- de los archivos de UCLA, fue más que una recompensa para las aspiraciones modestas de mi trabajo, seguirle la pista al imaginario de Cuba en el cine norteamericano. La película es exótica y extraña aunque fue filmada en locaciones reales. Para la percepción actual sería española y no cubana, sobre todo por la fuerza de Clavel (Dorothy Gish) en la que plasmó Hergesheimer mucha de la tragicidad de su recuerdo de Doloretes. La mantilla se hace fetiche y memoria con la misma intensidad de sus descripciones en San Cristóbal..... La película es muy blanca, tanto por la luminosidad de la fotografía como por los personajes, cuando el cronista tuvo ojos para otra Habana , la negra del ñañiguismo. Es curioso, debe citar por alguna fuente que no aclara, pero en el camino desde El Nacional hasta su hotel, de regreso del concierto de danzones, nos cuenta todo lo que sabe de los ñáñigos y sus fambás y sus ritos. Y se atreve a enumerar la equivalencia de las palabras en inglés: "a knife icuá rebesine, a pistol etombre, inmortality embigüí, the night erufie, war ochangana, the sun fansón, and worms cocorico" (230).

"Havana was an oasis in an aridity spreading day by day."( 246). El oasis para perpetuar su belleza.

La nota de Espinosa Domínguez

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