domingo, octubre 21, 2007

Los siete contra Tebas: programa de mano


Anoche se estrenó en La Habana Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, dirigida por Alberto Sarraín. Hoy recibí el contenido del programa de mano, en el cual, entre otros, aparecen las opiniones de dos de los que en 1968 le otorgaron el premio José Antonio Ramos: el crítico catalán Ricardo Salvat y el director argentino Adolfo Gutkin. Este, por muchas razones, será un programa de mano que hay que guardar. El texto completo en la cajita.

Vivir para ver

Por Antón Arrufat. Premio Nacional de Literatura

Estimado público, buenas noches. Les habla Antón Arrufat. Ocupen sus asientos y hagan silencio, un silencio propicio. Este acto de reparación y de justicia pudo ser un acto póstumo. Pero las secretas leyes que rigen nuestras vidas, no lo dispusieron así. Cuarenta años después de haber escrito Los siete contra Tebas, de haber sido prohibida y marginada de la cultura y del teatro cubano, sube a las tablas y se presenta ante la consideración de sus espectadores. Y para dicha de Tebas, su autor no ha muerto. Está aquí, ocupa su lugar y su luneta, habla y camina, sonríe y estrecha las manos que se tienden para saludarlo. Otros han muerto, entre ellos muchos de sus grandes amigos y de sus pequeños enemigos, otros viven en tierra ajena, y ni unos ni otros podrán asistir a este espectáculo, que he de ver con vida y salud, sépanlo bien los que me quieren y aquellos que hubieran preferido que esta obra no se estrenara jamás. Este momento supremo ha llegado para mí y para todos los que saben acompañar.
Como conocen mis lectores, Los siete contra Tebas no es la única obra que he escrito. Libros de cuentos y poemas, novelas y ensayos se han sucedido durante estos cuarenta años, y reconocimientos, medallas, premios nacionales me han sido otorgados en mi país. No obstante esta obra permanecía en la sombra, en una sombra ominosa, que se reflejaba en todo cuanto hice hasta hoy. Las circunstancias sociales en que los hombres que la condenaron pudieron llevar a cabo esa desdicha, ya no son las mismas. Han pasado casi tres generaciones. Todos somos más sabios. En ese largo y fructífero tiempo aprendimos que nuestra sociedad y nuestra vida forman una relación contradictoria, desgarrada, jubilosa, creadora entre todos, individuos y Estado. Eso está aquí en Tebas, en esta especie de ágora se han de debatir con lágrimas y lamentaciones, como corresponde a una tragedia. En el mágico espacio del teatro, nos conducirá a otra zona donde la irrealidad se transforma en un saber acerca de la realidad de nuestras vidas. Sobre la permanencia de aquella sombra, abiertas las puertas, caerá una luz potente que a todos sus espectadores, el autor incluido, los hará más luminosos. Como es costumbre en su ritual de iniciación, Mefisto toca tres veces para que empiece la representación.

DOBLE DESTINO

Por Ricard Salvat. Director de la revista Assaig de Teatre

Miembro del jurado del Premio José Antonio Ramos, 1968

He vuelto a leer Los siete contra Tebas después de treinta y nueve años. La primera impresión que he tenido es que con este texto ha pasado lo que sucede con los muy buenos vinos: yo diría que la obra de Arrufat ha ganado con el tiempo. Apareció y se convirtió en una especie de huracán, literario y político. Ahora que ya la vorágine y los malos aires se calmaron uno reencuentra la perspectiva que tuvo al leer por primera vez el texto de Arrufat, cuando aún los ánimos no se habían contrapuesto ni enfrentado.
Ahora, me ha resultado un texto brillantemente escrito, con una profunda meditación sobre lo que es la guerra y la lucha fratricida, trabajado sobre la esencial aportación de Esquilo, su particular estructura ritual, el no parecer importarle demasiado los avatares del individuo, sino la familia en su totalidad, lo que los griegos llamaban el genos. Las razones del genos, del pueblo se entretejen con las de Etéocles. Las voces de los habitantes de la ciudad se convierten en un contracanto emocional. Etéocles y las voces de sus conciudadanos se funden y confunden.

Arrufat no da demasiada importancia a la sombra de Edipo, sino al conflicto por el poder. La tragedia se ensimisma, no se distrae, va a lo que es para Arrufat fundamental: la lucha a muerte entre los hermanos.

Así, su obra queda, más que nunca, «llena de Ares», como dijo Gorgias, y de crueldad por la evocación de los terribles sufrimientos que esperan a las mujeres. La escena de enfrentamiento entre Polinice y Etéocles, sin duda la más grande aportación de Arrufat, resulta hoy impresionante de verdad humana y de grandes intuiciones políticas. Esquilo habla de sufrimientos, pero también de libertad y orden. Arrufat lleva estos presupuestos a los últimos extremos y consecuencias. Como ha de suceder en las tragedias, el destino se cumple siempre.

Releo ahora un penetrante artículo de Guillem Martínez en El País (31 de julio de 1997), en el que Arrufat hablaba de los catorce años que pasó en el ostracismo: «Los pasé casi tranquilamente. Pensé que ante todo era inocente, que tenía razones y que mi obra es mi momento. El Estado intentó realizar su obra conmigo. No lo consiguió. Y yo conseguí hacer la mía. El Estado cumple su destino. Los escritores deberían cumplir el suyo» En este 20 de octubre del presente año, 2007, en el Mella, con los admirables actores del conjunto Teatro Mefisto, dirigidos por Alberto Sarraín, el doble destino, el del Estado y el del escritor, tendrá su final.
Qué bueno que lo hayamos podido ver directa e indirectamente todos los que luchamos a favor del texto, José Triana y Adolfo Gutkin, integrantes del jurado que la premió en 1968, y que hicimos lo posible y lo imposible para que esta obra ganara el Premio José Antonio Ramos. No olvido, evidentemente, al maestro Lezama, ni a Roque Dalton. Siempre estuvimos de acuerdo en nuestras conversaciones. Sus razones fueron para mí clarificadoras y decisivas.
Polinice, «el de las muchas discordias» será también enterrado, y Polionte dirá aquellas impresionantes palabras de comprensión y amor:
«Ustedes, sepúltenlo. Tendremos para él la piedad que no supo tener para Tebas».
Y el poeta nos dice: «Mientras cubren el cuerpo de Polinice, amanece». Sin duda será un bello amanecer.

LA MALDICIÓN DE APOLO

Por Adolfo Gutkin. Director del Festival de Teatro de Porto, Portugal.

Miembro del jurado del Premio José Antonio Ramos, 1968

Querido Antón:

Esta noticia me llena de tanta alegría y me conforta tanto como a ti. Finalmente, tras cuarenta años de tonterías y celos profesionales, cuatro décadas después de que aquellos «tontos con poder» ejercitaran su censura, finalmente se estrena Los siete contra Tebas.

Aquellos oportunistas, sin saberlo, hacían cumplir, en La Habana, la lejana maldición de Apolo que, castigando la desobediencia de Tiresias al salvar a Edipo, determinó en su oráculo que su sentencia llegara incluso a los hijos de Edipo, una de las más célebres víctimas inocentes de la tragedia clásica, y que los hermanos se matarían mutuamente.

Aquellos sectarios, prohibiendo y persiguiendo tu versión de la tragedia de Esquilo, justificaban y llevaban a la práctica en la sociedad de nuestro tiempo, el comienzo de una persecución y de una lucha fratricida que, precisamente, tu obra condenaba de antemano,

Extrapolar aquella maldición «oblicua» de Apolo a una situación particular de cubanos en la isla y cubanos en el exilio, identificar el coro griego que juzga con horror la matanza entre hermanos con los miembros de los C.D.R., sólo podía estar en la mentalidad perversa y paranoide de los inquisidores responsables de la cultura nacional de aquellos tiempos pasados.

Alegría dolorosa, querido Antón.

El oro es un mineral escaso y caro, pero tiene, además, un valor intrínseco como mineral, es el metal más bello (“hijo del sol pero más rutilante que su propio padre...” Ben Jonson), maleable e incorruptible. Tiene la cualidad de conservarse puro, y aunque toneladas de tierra y excrementos traten de ocultarlo, algún día, en virtud de esos movimientos telúricos que no controlamos y que poseen algo de justicieros, lo traen de nuevo a la superficie y brilla como si fuera el primer día de la creación.

En este acontecimiento que resulta el estreno de tu obra, te deseo, Antón, que brille como el oro recién surgido de la tierra, como debió brillar hace cuarenta años. Y que al igual que esas rosas sembradas en el camino de tantas víctimas inocentes, desmienta, con su perfume inexorable, el viento de la muerte.

En días como hoy, en que esa lucha podría darse incluso en el espacio de nuestro ámbito más íntimo y querido, Los siete contra Tebas, puede tener una lectura de mayor utilidad y alcance que la que hicieron hace cuarenta años aquellos que tan ciegamente la condenaron.

Un gran abrazo y mucha suerte,
Adolfo Gutkin.

Alberto Sarraín

Director invitado de Mefisto Teatro para la puesta en escena de Los siete contra Tebas

No creo que haya existido, en mis treinta y siete años de trabajo en el teatro, un momento tan especial como este. Enfrentar la puesta en escena de Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat no ha sido sólo enfrentar una gran obra, un texto inolvidable, un elenco numeroso y una producción complicada. Cosas que someten, en cualquier lugar del planeta en donde se ejerza esta profesión de locos, a tensiones inevitables. Durante estos meses de trabajo en Cuba, he sentido que metía mis manos en materia sagrada. He sentido más que la pasión con que siempre enfrento mi trabajo, una devoción por la obra, una extraordinaria admiración por su creador y la responsabilidad de entregar a la cultura cubana un trabajo que esté a la altura de esa argamasa en que deviene la literatura teatral para el puestista.

Me ha salvado de esta angustia, la certeza de que me acompañaron en el viaje un equipo de creadores único, con los que he podido tener un diálogo del que siempre ha salido beneficiada la obra. Con ellos el texto de Antón se ha convertido en espacio, ropajes, música y movimiento, luces, maquillaje y voces.

En estas largas jornadas de ensayo, donde muchos abandonaron el barco temiendo su hundimiento, han seguido contra viento y marea un grupo de experimentados y noveles actores, asesores y asistentes, egresados del sistema de enseñanza artística cubana, que bajo el amparo de Mefisto Teatro y su director Tony Díaz, empeñaron con verdadera devoción su tiempo, cientos de horas, en realizar un trabajo titánico en medio del agotador verano de la isla.
No puedo finalizar estas notas sin mencionar los nombres de Omar Valiño y Abel Prieto, cuyo esfuerzo y determinación de devolver esta pieza a la cultura cubana después de cuarenta años, han sido fundamental para que se abra el telón.

6 comentarios:

Anonymous dijo...

Wow, qué comprensiva, abierta y evolutiva es la Revolución, ¿verdad, Rosa Ileana? Si todos tuviéramos un poquitín más de paciencia, la Revolución nos "daría" más cosas, entendería y corregiría aquellos detalles en los que se ha equivocado. Sólo hay que ser menos desesperados... 50 años más no serán nada. Si no puedes aguantar, te consigues una estancia más o menos permanente en el extranjaero (California, por ejemplo) hasta que aquello se ponga mejor y un día podamos disfrutar de una Cuba como la quería Martí y que la Revolución (de puro bienintencionado entusiasmo juvenil) no supo al principio lograr (¡caramba, por culpa del bloqueo!). Como tú bien dice, vivir para ver... Fue lo mismo que pensé cuando te descubrí en USA (¡de refugiada ecónómica y cultural, que nadie se equivoque con eso!)

Rosa Ileana Boudet dijo...

Le recuerdo al anónimo que los comentarios de este blog están moderados y le agradecería que tuviera la gentileza de identificarse.

Isis dijo...

Gracias, Rosa Ileana, por este post.

Anonymous dijo...

RIC, Nueva York

A regañadientes, pero hay que quitarse el sombrero con la brillantemente ladina estrategia de estrenar ahora "Los siete contra Tebas", idea quizás engendrada en la cabeza de Abel Prieto o aprobada calurosamente por él (el director de la obra, Alberto Sarraín, exiliado arrepentido con juicio pendiente por fraude de dinero en Miami, le dio las gracias al Ministro de Cultura por "haberles dejado" --no son sus palabras exactas, pero sí la intención-- hacer la puesta). Si alguien se lo propuso hace meses, se lo pusieron en bandeja de plata. Una pieza que nunca tuvo impacto teatral y que pasará a la historia solo por el escándalo que provocó, el texto de "Los siete" suena ahora a resabido, flojo, provinciano y demodé. La fecha de vencimiento de este jarabe pasó ya hace tiempo, y no hace, ni teatral ni ideológicamente, ni fu ni fa. Pero el hecho de estrenarla precisamente en el momento en que el gobierno cubano está haciendo lo imposible por dar una (falsa) impresión de novedad y de adiós (o más bien, "hasta luego") al pasado para revalidar a toda costa y en cuanto antes a Raúl Castro, es un golpe de efecto maestro en el que se matan varios pájaros de un tiro, uno de ellos Arrufat (no pun intended) y muchos de los intelectuales exprotestones de su trágica (por lo deshuevada) generación. Este estreno, al tiempo que compra su silencio pasado (ya él dice que "no sabe por qué la prohibieron") y su anuencia y colaboración presente y futura, es un buen tapaboca para quienes justamente dudan del cambio y el renovado espíritu de crítica en la nomenclatura cultural cubana, supuesto preludio o ejemplo de la renovación que nunca se dará en otros sectores (y claro, tampoco en el de la cultura). Cuba es uno de los países del mundo donde sus intelectuales están (y han estado) más desligados de los verdaderos intereses del pueblo. Éste es un ejemplo trágico. Arrufat --personaje ahora digno de una novela sobre cómo la maquinaria del destino y la política hace polvo moral del pensador a medias--, estoy seguro, nunca imaginó en sus lejanos días felices e intrascendentes en Guanabo con Virgilio Piñera que sería algún día la encarnación y el cartel propagandístico de una adquisición maldita, del triunfo de la fuerza y el mal sobre las ideas y la compasión humana.

Anonymous dijo...

Escribe: Omar

Muy certera opinión de Juan Abreu, en "Emanaciones" sobre lo que representa el estreno de "Los siete contra Tebas":

[IMAGEN DE CARTEL DE LA OBRA]

Esto no es un cartel ni una obra de teatro (menor, por cierto) es el retrato de nuestra miseria espiritual. De nuestra genética pavorosidad. Ingredientes: una obra prohibida, un autor humillado y a su debido tiempo comprado, una Historia reescrita y cobardemente aceptada, un colaborador (en el sentido shentalinskiano del término) venido del exilio y una intelectualidad envilecida dispuesta a cambiar el alma por cualquier cosa que se parezca a la esperanza. Un bocadillo de jamón y queso, por ejemplo.

Agítese brevemente y ya los tiene: vaya tropa de mierdas, de perritos falderos.

Rojas dijo...

Vivan y dejen vivir si no estan en Cuba para ver las cosas mejor ni hablen. Como me molesta la gente que habla cuando ya ni siquiera estan aquí, estan en Estados Unidos sigan su simple vida por allá, ya hicieron su elección sean consecuentes y no hablen tanta mierda gusanos.