martes, noviembre 20, 2007

Anotaciones de prisa después del telón

No debiera sorprenderme que una directora cubana (Lilliam Vega) y una compañía de Miami que se define como intercultural (Avante) escoja Yerma, de Federico García Lorca, para integrar su repertorio. Después de todo, los latinoamericanos y los cubanos en particular somos devotos de lo que Moisés Pérez Coterillo acuñó como el «culto cubano a Federico». Invitado por la Sociedad Hispano-Cubana de Cultura que dirigía Fernando Ortiz, Federico visita La Habana en 1930 y su estancia alimenta todavía libros, testimonios y recuerdos, entre ellos el del manuscrito de Yerma, que regaló a Flor Loynaz y atesora el Museo Nacional.
No esperaba una puesta puesta tradicional o arqueológica con la casa de paredes de cal o Lorca a través del prisma del gitanismo degradado o la España de pandereta. En aras de un punto de vista estético la dirección puede suprimir, sintetizar y reiventar --en esta versión de Raquel Carrió, entre otras, se suprimen la escena de las lavanderas y los personajes de función «coral»-- para una Yerma con cuatro personajes y «tres presencias» que explora más bien su drama existencial. Y aunque como yo, decenas de espectadores recuerdan el texto que se estudia –por suerte—en las escuelas, cualquiera puede comprender la necesidad de acortar la duración del espectáculo o adaptarse a las necesidades de un particular elenco.

Aunque las escenas no sobran – para el poeta la obra tenía seis cuadros, los interiores, de un “dramatismo reconcentrado y una emoción silenciosa” y los exteriores de las lavanderas o la romería- en los que intenta “poner luminarias de luz en el tono oscuro de la tragedia”, la arquitectura descansa en esa alternancia. Sin embargo, aunque es osado tacharlas por emblemáticas, las sustituciones y los añadidos – figuras barrocas— son artificios plásticos que interpretan la magia lorquiana a través de la visualidad. Como la música de Héctor Agüero se mueve en lo incidental romántico con matices y sonoridades del ámbito latinoamericano. Hasta aquí me parece lícito, aunque no totalmente logrado.
Sin embargo, la reducción también se opera en la entraña del texto. Durante la representación experimenté una tensión incómoda entre el conocido y el emitido en escena. Me pareció que los actores no estaban totalmente a sus anchas en una manera de decir que los predispone al decir poético, sin los versos, sin el ritmo y la cadencia, ya que recordemos, Yerma es un «poema dramático”. Y no encuentro ninguna explicación para representar en nuestra lengua un gran texto poético y rebajarlo o disminuirlo o lo que es peor, amputarlo. Sus excelentes actores tienen la capacidad para enfrentar el texto -- Julio Rodríguez y Riverón, además experiencia-- por lo que me pregunté siempre el por qué de esa elección. Sé que muchos por fortuna no tienen la misma opinión. Avalada por excelentes críticas, la mayoría de los asistentes agradeció complacida la puesta.
Los textos que hemos aprendido de adolescentes no se olvidan y a mí me pasa con Yerma, que se me ha quedado agazapado en algún rincón. He visto varias Yermas, entre ellas, la de Adela Escartín y la de Idalia Anréus, dirigida por Roberto Blanco. Nadie se asusta con las transgresiones desde que Víctor García empleó una tela negra hexagonal transformable para la de Nuria Espert (1971). La actriz catalana dijo entonces a José Monleón que «el gitano de verde luna no existe». La Vieja Pagana tampoco. No existe una iconografía ni siquiera en nombre de la tradición. Sin embargo, Monleón les preguntó a Espert y García si habían hecho cortes.

-- Ni una palabra.

La palabra es esencial a la experiencia lorquiana y quizás lo único que perdura aunque nadie sepa el significado de los ‘jaramagos’ que “las gentes dicen que no sirven para nada”.. …

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