domingo, noviembre 11, 2007

Bunraku en Los Angeles


Hace algunas semanas vi el Bunraku --el Teatro de Marionetas de Japón-- en su única gira larga a Estados Unidos en dos décadas. La impresión es fuerte e intensa, al mismo tiempo difícil de describir. Fue muy interesante poder apreciarlo con un público esencialmente japonés y no en el contexto de un festival de teatro, porque el espectador lo recibió con familiaridad, como algo propio, y la representación estableció una energía muy diferente que la que recuerdo del Kabuki (Caracas, 1978) como un objeto exótico.
El término Bunraku se empezó a utilizar a partir de Uemura Bunrakuken (1737-1810), quien estableció un pequeño teatro en Osaka en 1805, cerca de medio siglo después del máximo florecimiento de este tipo de teatro de títeres. En realidad debe llamarse Ningyo Joruri. (ningyo significa muñeco y por extensión, títere) y recitación o narración llamada joruri.
La combinación de la narración hablada-cantada, la música y los títeres crean una realidad tan sugerente que no hay palabras para expresar su esencia. Si pensamos que tres manipuladores mueven el muñeco a la vista del público (uno con la cara descubierta, el principal que opera la cabeza y mueve el brazo derecho) y los otros dos lo sostienen, uno de ellos, totalmente doblado, se puede imaginar qué suerte de danza, coordinación y equilibrio existe entre los tres y qué asombroso juego debe encubrir la tela negra. El titiritero principal se comunica sin palabras con los otros que siguen sus indicaciones y su ritmo.
Lo esencial, sin embargo, son los títeres, majestuosos no sólo por el tamaño sino por la riqueza del vestuario y el trabajo escultórico de los rostros. Hay más de 70 tipos de kashira o cabezas con formas pre-determinadas de acuerdo a las características de los personajes.
Lo más impresionante -- recuerdo a Jan Kott -- es la belleza inexpresiva del manipulador principal (omo-zukai) que aunque interpreta el personaje, conduce y desplaza al muñeco, no le aporta sentimentalismo ni emoción. Es un rostro «surrealista», ajeno, ausente mientras se humanizan las caras de madera de los títeres, radiantes y llenas de sentimientos. Muchísimas veces me concentré sólo en la cara del titiritero congelada en una no-expresión, como la cara enharinada de la pantomima blanca. El actor es sabio en eliminar el gesto superfluo, concentrado en crear a sus personajes y dotarlos de gestos -- a veces mínimos-- como ensartar una aguja o secarse una lágrima con un pañuelo.
La representación explora posibilidades infinitas de la relación actor-muñeco incluidas las sonoras, pues el manipulador de los pies golpea el piso para simular el desplazamiento. Y al lado derecho, en la tarima (yuca) el virtuoso músico del shamisen acompaña al narrador (tayu), otro ángulo del espectáculo no por estático menos atractivo. Crea diferentes voces, en modulaciones sorprendentes, narra todos los personajes y los matices de las voces en un recitado-cantado y en un diálogo secreto con el intérprete de shamisen.
Desde que vi la representación, no he dejado de leer sobre el Bunraku. Cada uno de los detalles es aún más intrigante, cada uno de los gestos o las convenciones tiene detrás siglos de entrenamiento. Como los actores griegos con sus coturnos, el jefe de los operadores necesita elevarse en sus Butai Geta y el taju, para emitir mejor los sonidos, usa una banda que le oprime el diafragma. Y si éstos son los detalles que aparecen en los artículos informativos, cuántos otros misterios no hay detrás de las telas negras, cuánta sabiduría en ese desplazamiento que Claudel adivinó fantasmagórico y relacionó con los sueños.
Para cualquiera amante del teatro, el Bunraku es una experiencia única. Por mucho que se lea, no hay manera de transferirlo. No sé, sin embargo, si el espectáculo es representativo. Primero presentaron una obra breve Musume Koi No Higanoko (El ardoroso amor de Oshichi) escrita en 1733. Se supone es la versión de un hecho real. La heroína sube a lo alto de una torre y le prende fuego para avisarle a su amado en una ciudad sitiada. Oshichi ha encontrado el sable que le devolverá su honor a Kichisaburo y se sacrifica por él. No voy a describirles lo que hace la muñeca porque encontré en YouTube varias filmaciones, desde luego, con otras compañías, lo que me hace pensar que debe ser como lo que es «la muerte del cisne» a ballet. El títere adquiere vida propia, como una supermarioneta.
La otra, de más larga extensión, Tsubosaka Kannon Reigenki (Milagro an el Templo de Tsubosaka Kannon) der Kako Chika , representada por primera vez en 1879. En tres actos, narra la historia del ciego Sawaichi, su devota esposa y su salvación por medio de la Diosa de la misericordia, Kannon. Si bien no tiene ningún acto del virtuosismo comparable a la subida de la escalera de Oshichi, los títeres sostienen la trágica y melodramática historia del esposo ciego que para no ser una carga de su esposa, se lanza a un precipicio. La esposa llora, sufre, borda y al final, bailan y cantan de felicidad.









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