martes, diciembre 04, 2007

El sol amarillo



Ojalá la temporada de En un sol amarillo. Memorias de un temblor, puesta en escena por Teatro de los Andes, de Bolivia, escrita y dirigida por César Brie, señale un antes y un después para el teatro en español en Los Angeles. Desde que llegué a esta ciudad hace ocho años oí los mismos argumentos: el teatro representado en español no tenía porvenir, y paradójicamente, carecía de público. Y sin embargo, Teatro de los Andes se mantiene casi un mes en el renovado Kirk Douglas de Culver City y logra interesar a los críticos de casi todos los medios. Confieso que no me lo esperaba. No porque dudara de la excelencia del grupo intercultural de Brie, que ha sido una de mis más emotivas experiencias cuando vi en el Festival de Santa Cruz de la Sierra Las abarcas del tiempo (1998) y preparé un largo dossier para Conjunto, sino porque ya estaba a punto de acostumbrarme a que estos hechos sean vistos como un interés étnico o parte de la celebración de una comunidad o un sector.

Sin embargo, cuatro actores, en un escenario desnudo, en un excelente español, logran derribar las barreras lingüísticas – con la ayuda de subtítulos proyectados en una pantalla – y comunicar la atmósfera poética y de meditación que convierte casi todos los espectáculos de Teatro de los Andes en una exploración de la memoria. Desde luego que se habla del terremoto que asoló en 1989 varias comunidades de Bolivia – entre ellas Aiquile y Totora-, pero el público también pensó en Katrina. “Poderoso en su simplicidad” escribió Charles McNulty, de Los Angeles Times. Y si en algún momento la representación podría ser muy descriptiva, algunos elementos no verbales se imponen: un teatro físico, artesanal e imaginativo. No sólo las mesas y las sillas y los maletines cuelgan suspendidas del techo del escenario porque vuelan y tiemblan al impacto del terremoto, sino porque la obra ahonda en los efectos del temblor en la vida de los pobladores – sobre todo las mujeres y los niños-- que lo sufren y sobreviven. Es el terremoto físico y el temblor emocional. Y los medios empleados son de una soberbia sencillez: polvo y arena, deshabitados marcos de fotografías familiares, objetos degradados por el tiempo y música autóctona, marchas fúnebres y elementos folklóricos que aunque nos remiten a Bolivia, hablan de un espacio mayor, la sociedad global. Hay una huella del teatro político de los setenta, cuando casi a manera de cita, se satiriza al político después del desastre y se le presenta como figura esperpento, mientras un periodista indaga banalidades. Y el público le lanza piedras de papel periódico en un momento de participación, que recicla viejas imágenes del Bread and Puppet y la creación colectiva. Sin embargo, no se piense en ninguna de las técnicas o el estilo del teatro latinoamericano de hace dos décadas y sin embargo están todas ellas como huella o sedimento de una forma de hacer que se nutre de una investigación documental , pero se reinventa a partir del trabajo del actor-poeta.

Teatro de los Andes tiene su sede en Yotala, a quince kilómetros de Sucre. Es un favorito de los festivales internacionales y al parecer ya ha sido aceptado en Bolivia. En el 98 la recepción en Santa Cruz de la Sierra que recuerdo fue muy controvertida. Este año, gracias al Center Theatre Group y el FITLA- Festival Latino Internacional de Los Angeles-, es posible que su temporada haya sido un pequeño temblor que abra el camino para la presencia de otros grupos latinoamericanos en una ciudad que necesita hablar todas las lenguas.




Crítica

En Variety



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