sábado, diciembre 08, 2007

Olas para Yourcenar


Ernesto González, autor cubano residente en Chicago, acaba de publicar en BookSurge (disponible en amazon.com) una novela acerca de la escritora francesa Marguerite Yourcenar. Esta es la nota de presentación del libro que ojalá tenga muchos lectores.

BAJO LAS OLAS

Tras las huellas brumosas de Marguerite Yourcenar

Un profesor de francés visita Mount Desert, la hermosa isla donde vivió Marguerite Yourcenar en Maine por cuarenta años, y la ocasión es propicia para rememorar la conexión tan extraña como real que lo ató a la escritora, a quien sin embargo jamás conoció. La Yourcenar, por su parte, retorna para relatarnos primordiales etapas de su existencia junto a su padre, Grace y Jerry a quienes llamaba “los tres acordes más bellos de mi vida”. Las voces de la escritora y del profesor, forman un dueto que clama con urgencia por una real interacción humana, por la activa incorporación del otro, que es una extensión del sí mismo, por la restitución de lo sagrado en nuestro diario vivir. Textos de esta índole, en estos tiempos que corren, resultan tan ajenos como imprescindibles.


Fragmentos

I. Marguerite
A falta de los senos de mi madre, los dedos de Michel se han convertido en mi primer vínculo con una piel ajena. Mi nana Barbe se convertirá en mi segundo vínculo, cuando me levante en vilo con sus brazos rollizos, me arrope con sus caricias y me llene el cuerpo de besos. Barbe, además, me regalará la primera imagen de un cuerpo femenino desnudo, al verla salir del baño con un candelabro en la mano y una toalla en la otra, para irse a secar con hermosa paciencia junto a la chimenea. Eso ocurrirá después, al empezar a descubrir mi cuerpo a través de la belleza del de Barbe, en los espacios cambiantes que dejan las sombras, en los desplazamientos imperceptibles de sus manos por sus brazos y piernas. Nunca se me ocurrió interrumpir a Barbe, como si desde mi usual escondite aprendiera los sencillos gozos femeni-nos provocados por las gotas que iban muriendo, por las intermitentes sombras y el silencio que iban describiendo esa muerte. Los dedos de Michel, los besos y la piel de Barbe.
Una madrugada que regresaba de juerga, Michel fue a asomarse por la puerta de mi habitación a darme sus buenas noches tardías y silenciosas. Al notar mi ausencia fue a buscarme al baño y por los corredores de la casa. No sentí sus pasos suaves que pretendían evitar, si regresaba tarde, que lo escuchara mi abuela. No sentí sus pasos o no pude sentir-los. Era uno de esos instantes, bello y atesorable, cuando Balbe se erguía ante la chimenea y daba vueltas muy lentas para que sus últimas humedades perecieran por la cercanía de las llamas. Y a mí me brindaba una perspectiva nueva, con cada giro suyo, al cambiar de posición el candelabro o al levantarse del sofá para aproximarse a la chimenea. Barbe me mostraba ángulos insólitos de su belleza, del disfrute que puede sentir una mujer consigo misma, al arrastrar lenta-mente y en plena soledad, gotas moribundas de agua sobre su piel. [...]

No hay comentarios: