martes, abril 15, 2008

Tomás González: el poeta y el auriga


La única utilidad de este texto es que no hay muchos sobre Tomás González Pérez, el dramaturgo que acaba de morir. Surgió a partir de un intercambio de emilios cuando vivía en Canarias y me envió algunas de sus obras. Desafortunadamente nunca he hallado la selección que con el título El bello arte de ser publicó, según me contó el propio Tomás, Letras Cubanas.

Los dejo entonces con un fragmento de una pieza en un acto de Tomás.

EL POETA Y EL AURIGA


Obra teatral en un acto.

PERSONAJES

El Poeta

El Auriga

ACCION:

Un paraje solitario en las afueras de La Habana.




ACTO ÚNICO

Toda la accion deberá estar volcada al proscenio, donde hay una motocicleta con sidecar de estilo remoto –o cualquier analogía de lo mismo; lo que se precisa es un lugar donde se pueda establecer un interrogatorio policial en el que está establecida la jerarquía entre el verdugo y la víctima, entre quien conduce la indagación y el que la padece-, y donde solía estar situada la concha del apuntador, habrá un ventilador doméstico que, al funcionar, dará la ilusión de velocidad. Todos los medios escénicos deben estar visibles.

El Poeta viste un traje formal en azul celeste, con camisa de cuello blanca y corbata negra. Lleva un pañuelito negro en el bolsillo del saco y un heliotropo en la solapa. Es delgado y de cabellera revuelta; profundas ojeras bordean sus pupilas. Hay algo en él de trágico y triste, de experiencia o sabiduría, como de alguien que está frente a un abismo que no puede eludir.

El Auriga está vestido con la indumentaria de los primeros pilotos: casco y chaqueta de piel oscura con cremallera, grandes gafas a modo de antifaz, bufanda de seda blanca, pantalones y botas de montar. Posee guantes negros de piel sostenidos, en un primer momento, a la cintura. La personalidad que proyecta el Auriga es la del hombre al abrigo de su desempeño, del que está asistido del poder del cual es un servicial agente. Hay en el Auriga el equilibrio y la precisión que dan el porte militar. En algo remeda el arquetipo contemporáneo del dictador.

Para dar comienzo a la representación ambos llegan por lados diferentes y se sitúan cercanos a la moto. El Poeta observa el artefacto con algo de extrañeza; mientras que el Auriga se acicala para la ocasión: envuelve la bufanda a su cuello dejando al aire sus dos extremos, corre hacia arriba la cremallera de la chaqueta de piel, se hebilla el casco a nivel de la mandíbula, dejando las gafas encima de la frente y, por último, se pone los guantes.

EL POETA. (Observando con desaprobación el artefacto motorizado.) ¿Y esto qué es?
EL AURIGA. (Sin dejar de acicalarse.) Una moto con sidecar.
EL POETA. Bueno, eso es obvio. Estamos frente a una moto con sidecar, si no me equivoco, esta es una versión checa de las mismas que utilizaron las tropas alemanas para invadir Europa.
EL AURIGA. ¿Qué insinúa?
EL POETA. Nada. (Pausa). ¿Para qué esa moto?
EL AURIGA. Un viaje. Usted y yo haremos un viaje.
EL POETA. (Algo molesto.) ¿A cuenta de qué?
EL AURIGA. En el camino tendremos tiempo de explicarnos.
EL POETA. (Con embarazo, sonríe.) ¡Un paseito!
EL AURIGA. (Sonríe.) Mucho más que eso. Un viaje para nosotros dos. ¡Un viaje histórico!
EL POETA. ¿Por qué “un viaje histórico”?
EL AURIGA. Porque estoy seguro que sentará un precedente. Nuestro viaje será una referencia.
EL POETA. (Tratando de hacerse el gracioso.) Como el de don Cristóbal Colón. ¿Qué mundo nuevo vamos a descubrir?
EL AURIGA. ¿Tiene usted deseo de hacer chiste?
EL POETA. ¿Es que debería de ponerme serio?
EL AURIGA. No sé. Usted es un hombre en libertad de expresar sus emociones como le venga en gana.
EL POETA. (Sin ocultar el enfado.) Pero es que yo pudiera negarme,
EL AURIGA. (Sonriente.) No, no puede negarse. No sería aconsejable para usted el ser un obstáculo para la realización de nuestro trabajo. (Pausa.) Están en juego cosas muy serias. (Pausa.) Le hemos venido a buscar. Usted estaba en su casa durmiendo plácidamente cuando ya otros están trabajando. ¡Suerte la suya, señor! (Pausa.) Todo ha ocurrido como esperábamos. (Indicándole el sidecar.) Por favor, suba al sidecar que el tiempo apremia.
EL POETA. ¿Adónde me lleva?
EL AURIGA. ¿Le preocupa?
EL POETA. Es que...
EL AURIGA. Comprenda su situación; no tiene otra alternativa. Está en desventaja.
EL POETA. (Comentando para sí.) No ahora; sino siempre.
EL AURIGA. (Detiene sus acciones y le observa.) ¿Qué ha dicho?
EL POETA. Hablaba para mí mismo. (Pausa.) Decía que siempre he estado en desventaja.
EL AURIGA. No siempre, no siempre... Hubo un tiempo en que gozó de todas las ventajas; pero luego le dio por dedicarse a hacer su santa voluntad.
EL POETA. (Algo desesperado.) Nunca he podido hacer mi “santa voluntad”. ¡Nunca!
EL AURIGA. ¿Está seguro? Entonces ¿qué hacía usted exponiendo sus criterios a cualquier persona? Mire, usted es una persona peligrosa. Usted entabla una conversación con cualquiera. Y debemos reconocer que posee facilidad de palabra. Usted sabe captarse al auditorio. Tiene un encanto para la gente. Todo el mundo cree que lo que sale de su boca es la verdad. Y usted, la mayoría de las veces, tiene una opinión herrada de las cosas. Usted es una persona pública y no puede darse el lujo de decir todo lo que se le antoje, aunque sea en la más absoluta intimidad. ¡Usted no tiene vida privada! Es transparente, se hace visible a mil millas de distancia.
EL POETA. Pero ¿qué dije para verme en esta situación?
EL AURIGA. Creo que no es este el lugar para dilucidar este asunto . Dejemos eso para más adelante. (Invitándolo a subir al sidecar.) Vamos, hombre.
EL POETA. No...

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