jueves, mayo 01, 2008

Una espectadora de teatro en el cine



Si hay un director que establece una relación visceral con el teatro es Manoel de Oliveira. Acabo de ver algunos de sus filmes en la muestra que recién finalizó en Los Angeles. Más que filmar una obra teatral o basarse en un texto, explora la naturaleza del hecho y se inmiscuye en su condición real, con una actitud tan amorosa y tan fiel que intuyo el director portugués tiene que haber sido algo más que un «amador». En la primera historia de Inquietude, la artificialidad de la representación lo fascina, incluso la marcada sobre actuación de los personajes en un ámbito elaborado hasta el mínimo de detalles: el set resalta el elemento de construido y ornamental. Es la obra de Hélder Prista Monteiro: Os Imortais (1968). El padre (José Pinto) y el Hijo (Luis Manuel Cintra), dos médicos de ochenta y sesenta años dialogan en un cuerpo a cuerpo sobre senilidad y vejez en una farsa trágica que se aproxima al mundo de Genet, Ionesco y el absurdo. Escrita el mismo año de Los viejos pánicos, de Piñera, es más farsa trágica, más esperpento. La solución de Oliveira no puede ser más imprevista y dudo que un teatro la pudiese reproducir. Cuando se cierra el telón y caen las pesadas cortinas rojas, estamos en 1930 en Oporto. La cámara se concentra en el brillo de la tela y con el aplauso final y cuando el público baja las escaleras del edificio teatral, aparece una nueva historia. La representación se ha encadenado con la vida y luego con su imagen.
En O Meu Caso (1986), una obra de José Régio, del mismo título, escrita en los años cincuenta, un actor reclama ser escuchado, contar su historia, su caso, como en Pirandello. Nadie lo escucha. La gente del teatro está demasiado preocupada por sus propios egos y su divismo y nadie oye al que vocifera y necesita ser oído. Oliveira la ensaya de tres maneras diferentes, con sonido, como cine silente,-- con una narración de Samuel Beckett—y después con la banda sonora al revés que hace el texto ininteligible.
Pero como dicen los conocedores y especialistas en Oliveira que todo empieza con su adaptación de El zapato raso, de Paul Claudel, siete horas de puro teatro y encontré Le soulier de satin, en francés, sin subtítulos, los remito a ella que para decirlo con pocas palabras, es una fiesta.

La parte 1
La dos
La tres
La cuatro

1 comentario:

Anonymous dijo...

El zapato de raso es una de las obras de teatro más maravillosas que he leído jamás; inolvidable -- qué lastima que sea tan difícil de poner en escena. Voy a separar tiempo para poder ver esto con calma. Gracias.

Martín