jueves, julio 03, 2008

Jan Kott: todavía vivo


Al fin, he terminado de leer Still Alive, las memorias de Jan Kott, autor de Shakespeare, nuestro contemporáneo (1965) que muchos leímos en el 68, por la edición del Instituto del Libro que tradujo Jaime Sarusky. Aquél fue un texto que «marcó» a todo el que se ocupa de la crítica o la investigación, excusen el lugar común, por su lectura del teatro isabelino a través de la experiencia del fascismo y el estalinismo, con pugnas, y diabólicos episodios en los que los personajes de Shakespeare luchan por el poder, la Gran Maquinaria. Casi nadie después, pudo leer o representar a Shakespeare, sin citarlo. Sus memorias, escritas a los 81 años y después del quinto infarto, son una lectura más que sorprendente, un ejercicio, un ir hacia atrás y hacia delante, a medida que surgen los recuerdos y las imágenes. Dedicado a su esposa Lidia, Kott murió en Santa Mónica, California, a los ochentisiete, y vivió más de tres décadas en los Estados Unidos. Escrito con pulcritud y falta de sentimentalismo, quizás por eso emociona más. Sobreviviente de la guerra y los campos de concentración, disidente en la Polonia socialista, militante del Partido Comunista por más de catorce años, no hay explicaciones ni justificaciones en su libro, que fluye como el monólogo interior de un hombre, quizás uno de los teóricos más importantes del pasado siglo, en paz consigo mismo y admirado, si se quiere, de estar todavía vivo.
Podría esperarse que un crítico cuente las muchas obras que ha visto, los festivales a los cuales asitió, las universidades en las que enseña, los premios que recibe. Pero aquí no hay el más leve asomo de vanidad. El teatro está incorporado a la vida de Kott de una manera visceral, nada de frivolidad ni de crónica social o política. Hay una alusión al gestus, de Brecht, el recuerdo de una de las últimas representaciones de Jo Chaikin, después de su infarto, cuando no podía memorizar el texto y representaba detrás de una mesa con un sistema telegráfico de cuerdas con mensajes que le indicaban las acciones a realizar. Según Kott, fue una representación emocionante. Ahora Chaikin era Woyzeck, trágico y tartamudo Woyzeck. La última semana antes de su infarto (la cronología de su enfermedad cardíaca establece un calendario) va a Cracovia y ve el Hamlet de Wadja (el de Wispianski), en Wawel, el castillo de los reyes de Polonia. Describe la representación y la impenetrabilidad de las piedras, su primer paseo por la ciudad en diecisiete años.
Ha comparado a Kantor con Caronte, quien regresa a los muertos, olvidados de que vuelven como marionetas. Pero Kantor no ha vuelto, escribe. Kott tampoco, aunque leerlo sea revisitar al crítico teatral- testigo de su época y su interior, al dialogar con la la muerte, casi con naturalidad.

1 comentario:

Ernesto dijo...

En efecto, Rosa, es un libro maravilloso. Yo estuve haciendo las gestiones para que se publicara, junto con "El manjar de los dioses" (que tradujo hace tiempo la mexicana Era) y su "Shakespeare" aquí en España, en la editorial Acantilado. Pero hay tremendo lío de derechos puesto que dos descendientes, una hija y un hijo, si mal no recuerdo, están peleados a muerte sobre la herencia literaria de su padre. Al final no salió la cosa, y es una lástima pues Kott es uno de esos autores imprescindibles para quien se interese por el teatro.