viernes, octubre 17, 2008

Dulce María en sus cartas no extraviadas


Esta búsqueda mía en libros de memorias y epistolarios – a veces me animo y escribo de esto en el blog– no obedece a un capricho ni a una súbita curiosidad, sino a una obligación que me impongo en el afán de saber cómo es percibido el teatro por muchos intelectuales. La mayoría de las veces no encuentro ninguna referencia, pero de todas maneras, algunos libros me interesan como Cartas que no se extraviaron, parte de la correspondencia de Dulce María Loynaz. Tiene dos partes muy diferenciadas, las cartas del periodo 1932-1942, dirigidas a amigos e intelectuales, y la segunda, 1971-1991 que tienen un sólo destinatario: Aldo Martínez Malo, el periodista pinareño que la visita, se declara su admirador, le da confianza y es el responsable en buena medida de su resurrección no sólo porque la obliga a escribir, reescribir, ordenar , sino porque le suministra – ella que escribió en papeles de Holanda– bolígrafo y hojas para que prosiga su obra interrumpida por más de veinte años. Si el libro es fiambre y lo conocen, pueden saltar la entrada, pero si les ha pasado como a mí, que nunca pude empatarme con uno, a lo mejor algo los sorprende, dentro de las pocas sorpresas que puede deparar una figura que pasó del total ostracismo y el silencio al renombre y la consagración casi al final de la vida.
En las cartas de la primera etapa hay dos a Ofelia Rodríguez Acosta, (autora de La vida manda, muy paseadora y viajera), a la poeta Josefina de Cepeda, –Loynaz le escribe y la visita en ocasión de sus enfermedades–-la segunda esposa de José Antonio Ramos que en las cartas es un "señor esposo que la ayuda a recobrar la salud". Dulce María se mueve de La Belinda al Vedado, de La Habana a Trinidad y a Nueva York, en plenitud de su vida, o a Santiago de Cuba, donde visita El Cobre y la tumba de Martí, un masacote de mármol. Sus humores son caprichosos y sus frases lapidarias."Huyo de lo pintoresco y de lo ameno como de los pintores vanguardistas". Y en todas es gentil, atildada, irónica. A Virgilio Piñera le contesta en 1938 que probablemente mal interpretó la excusa de un «criado« al que no es posible exigirle «filigranas diplomáticas» y se siente obligada a comentarle sus horarios: visita a su hermana, que vive en el ala derecha, de cuatro a cinco, a su madre de cinco a seis y a las seis suele llegar mi señor esposo a quien atiendo como es debido..."
En las cartas de la segunda etapa, no hay criados ni viajes ni tertulias familiares. Es una mujer en la inmensidad de un caserón, "una viuda, una criatura solitaria, quedada al margen del camino". Es una casa de fantasmas. Hay pasajes estupendos, como en el que recuerda lo que llama las impertinencias de Gabriela Mistral o en el que se molesta con la comparación con Virginia Woolf, una mujer loca que no escribe más que disparates. O la Bovary, una neurótica vulgar. Pero sigue escribiendo su libro Fe de vida, para que Pablo Alvarez Cañas no se le escape otra vez al exilio o la tumba. Lo peor es que la interrumpen "porque tocan a la puerta porque llegaron las papas, la cocinera se ha quedado sin grasa o el de la luz amenaza con llevarse el recibo"... Así todo, cuando se embulla, va a visitar a Regino Pedroso muy enfermo y le promete a Aldo "Si mi automóvil tuviera arrestos para tanto, yo iría a visitar a Ud. en su cama de hospital..."

"Quedada, pero no arrodillada. No sometida, ni siquiera al dolor".

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