jueves, octubre 09, 2008

Pogolotti y los rugientes veinte

Son unas memorias tristísimas, como tantas. El niño Marcelo Pogolotti – hijo de padre italiano y madre inglesa– nace en La Habana en 1902, cuatro años después de la llegada de Dino a La Habana como secretario del cónsul norteamericano y para entonces ya propietario -con la herencia de su esposa Graziella– de un terreno de más o menos cinco caballerías entre la Calzada del Cerro y la explanada del campamento de Columbia, que incluía la finca de recreo Larrazábal. Sus memorias Del barro y las voces - que se han leído mal y pronto– abarcan casi medio siglo de la vida del pintor y escritor cubano, que sostiene que "Todos deberían hacer su autobiografía" "para dar cuenta, por lo menos a sí mismos, de su propia actuación, si no quiere andar a la deriva como leño inanimado”. Y lo hace, en «socrática investigación del barro» del que estamos hechos, a lo largo de muchísimos escenarios, de los salones de mármol blanco y negro de la quinta de Marianao al pueblo natal de su padre, Giaveno, Italia, donde mira pintar a su madre. "Los colores limpios y jugosos que ella exprimía sobre la paleta eran exquisitos manjares". En una de sus escalas en Nueva York "garabateaba muñecos" a bordo de buques donde se atreve a hacer apuntes de los pasajeros.
Las descripciones de La Habana de principios del siglo XX son estupendas, incluida la inauguración del barrio «obrero» construido por su padre en 1911, nombrado Redención, que es hasta hoy conocido como el barrio de Pogolotti. Los tantísimos amantes de Marianao deben volver al libro para ver salir a los obreros del Paradero de los Ferrocarriles Unidos hasta su trabajo en la ciudad y en Puentes Grandes. En Turín, en un colegio jesuita, de vuelta a La Habana, sus padres se han separado y aunque Dino viene a almorzar los domingos, Marcelo no tiene afecto paterno, aunque se enorgullece de sus proyectos y urbanizaciones. Hijo de extranjeros y de un matrimonio fallido, las memorias reflejan ese aislamiento, ese estar y no estar, que lo acercan muchísimo a la madre liberal. En 1913 coincide en el Candler con Carlos Enríquez, a quien los alumnos llaman Mosquito y en 1916 estudia la segunda enseñanza en Estados Unidos, en la Saint John Military School. "Los rascacielos crecían como setas y el edificio Woolworth, durante muchos años insuperado en altura, ya estaba terminado". Empieza la guerra y en ese país vive el ambiente de movilización y luego la euforia del armisticio. Matricula en 1919 ingeniería mecánica en el Rensselaer Polytechnic Institute y describe sus bailes de gala, sus rigores académicos, sus cultos, sus «fraternidades», las preferencias pictóricas de su madre -- Whistler, Turner,- los burdeles y las flappers. Testigo singular de los roaring twenties, regresa cada año a La Habana, en las vacaciones. Una Habana en la que las cosas andan de mal en peor, pierde a su madre y a unos pocos meses, a su padre. Abandona la ingeniería e ingresa en el Art Students League de Nueva York. Vive su bohemia con una joven rusa con la que frecuenta los teatros y la vida cultural. Según su recuento, escasea la originalidad, salvo en los ingeniosos y sagaces dibujos de John Held.
Con respecto a la pintura, empieza a aparecer una escuela americana, "con artistas que podían alcanzar la fama de sus predecesores como Mary Cassat y el fantástico solitario Pinkham Ryder".

De ahí otra vez a Europa. Cuando regresa en 1925 empieza a descrubir a Cuba en su interior. De ahí que en esos pasajes, la voz narrativa se deslumbre con el descubrimiento de las señas de identidad de la ciudad como un forastero. En la página 140 de la edición de 1968, empieza en realidad a hablar del pintor, al recordar el Salón de la Asociación de Escultores y Pintores, al que manda el dibujo de una lavandera negra planchando. Renace su amistad con Carlos Enríquez —que pinta a la rubia que después sería su esposa, la pintora norteamericana Alice Neel – "pintora de talento, cuya estancia en La Habana, mas bien breve, dejó buenos y duraderos recuerdos”. Entonces trabajaba en la Independent Coal Company, que sus padres le obligaron a aceptar. Cuatro años después escandalizaría a La Habana con su exposición de desnudos.
En 1926, bastante incapaz de administrar los negocios que heredó en estado caótico, intenta trabajar en la Florida, en el establecimiento de un arquitecto. Una vez más regresa a La Habana con los bolsillos vacíos y una vez más piensa en marcharse.. "La boga española seguía batiendo en pleno”. Los mantones de Manila relumbraban a la salida de los cines y los teatros , colmándolos de rosas gigantescas.” Pero en Nueva York, preocupado por las evoluciones del fox-trot (incluyendo modalidades prohibidas como el shimmy), el joven Marcelo compra el Times dominical por las ilustraciones de Tony Sarg.
Del barro y las voces. La Habana: Unión, 1968. Portada y diseño de Jacques Brouté

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