miércoles, octubre 29, 2008

José Manuel Prieto: Treinta días en alguna parte


Animada e intrigada por las respuestas de José Manuel Prieto sobre el papel del testimonio en la obra literaria, ¿qué es si no que una novela sea o no importante por la capacidad de "ficcionar su momento"? o que hubo "comentaristas sincrónicos" con encanto, como Manuel Cofiño, o su asombro ante la reducida cantidad de escritores que no escriben sobre las ciudades donde viven -como él– o lo de "mapear" ciudades. Como lo he leído mal y la entrevista tiene la virtud de no dejar indiferentes a los que nos gusta entrevistar, busqué Treinta días en Moscú (Mondadori, 2001) ( su libro de viajes, un encargo), periodismo al fin, en el que Prieto –gran conocedor de lo "ruso" por haber vivido en ese país como becario alguna vez y después como residente me supongo–, revisita el Moscú de los nuevos ricos, los nuevos templos, la nueva moda, la nueva cocina, los nuevos libros en los mercados, las nuevas películas en las carteleras de los cines y hasta los limpiabotas «asirios», que a manera de una no-guía-turística, intenta una mirada en subjetiva, al mismo tiempo que crispante, única.
Su estilo deliberadamente mal escrito -como español traducido- aunque no estoy muy segura si su idiomal se ha averiado por leer, conocer y vivir otros (nos pasa a todos), no funciona para un libro de viajes. En su estilo anfibológico, por ejemplo, dice que los rusos de principios del XX "viajaban a Africa, a Abisinia, y se traían de allá versos como Nikolai Gumiliov y traducciones del Popol Vuh, de México, como Kontantin Balmont." ¿Halló en México la traducción o el Popol.. es mexicano? Balmont, viajero constantísimo, se merecería un párrafo menos oscuro. Hasta donde sé, más que una traducción -- la primera al ruso- es una representación simbolista del libro sagrado de los mayas, una temprana aproximación inter-cultural del trotamundos que conoció Australia, India, California, cruzó mares y continentes, pero al final, también se quedó rumiando, en París, su pasado.
A mí me sirvió para evocar mi Rusia, la de tiendas con ábacos, donde se podía comprar a un precio razonable un prendedor laqueado de Palejh. El libro seguramente ya envejeció. ¿Tiene todavía trabajo el constructor de ventanas o la diseñadora de cortinas? ¿No estarán ahora de brazos caídos con este descalabro mundial?
¿Cómo vive los cambios Moscú que «no cree en lágrimas? Tal vez lo más permanente del libro sea la entrevista con Liudmila Petrushevskaya, si es que se realizó, que no hay manera de saberlo. El testimonio puede haber envejecido pero ojalá que el lenguaje lo sostuviera.

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