jueves, octubre 16, 2008

Yo Publio (I)


No sé bien si tengo derecho a «juzgar» con criterios literarios un libro de memorias, cuyo sentido último me es completamente misterioso, sobre todo, al publicarse póstumamente, cuando su autor no puede recibir ni la compensación ni la diatriba. Si no se escribe por vanidad, se escribirá acaso ¿para después? Entre cubanos, donde el género memorias es limitadísimo, sobre todo, al final del del siglo XX, Yo Publio, del pintor Raúl Martínez, sorprende por su sinceridad y su desparpajo, su crudeza y su lirismo y nadie lo podrá soltar como una buena novela. La autobiografía de un pintor que casi no habla de su pintura, el relato de un ser humano acosado por muchas torturas —empezando por la de no aceptar su sexualidad— contado sin pinzas ni alfileres-, que aún en sus momentos más sórdidos y tiene muchos, desborda alegría por la vida y la existencia. Desde que me puse a perseguirlo en la biblioteca de UCLA (Universidad de California, en Los Angeles), donde al principio confundieron el título por el de Yo publico, al momento que lo encontré en sus atestados anaqueles, percibí por lo cuidado del diseño y la edición, la sobriedad de las notas, el inmenso esfuerzo que supuso, el largo tiempo de preparación de Yo Publio, que por ser un gran libro, seguro genera controversia.
Alejada de comentarios de pasillo o de tertulias, sin haber sido nunca (por desgracia) amiga de Raúl —y admiradora, como tantos, de su obra— lo leí con enorme agradecimiento —todo el que nos deja entrar en su intimidad lo merece— y Raúl lo ha hecho paso a paso, de su infancia en el pueblo matancero de Perico, –en el que se apagan y se encienden los cocuyos a su llegada a La Habana, –el Ten Cent de San Rafael, ¡qué maravilla!– su breve estancia en Chicago, su trabajo como oficinista en la Embajada norteamericana, su entrada al mundo de la publicidad, su relación con otros pintores—Luis Martínez Pedro, Lam, Servando Cabrera Moreno, Guido Linás— y con su amigo de cuarenticuatro años, el gran amor de su vida, el dramaturgo Abelardo Estorino, pero también con personas menos conocidas como Luis (Interián) y su hermano el Loco y su hermano el Serio y su padre —a quien quiere complacer sin lograrlo— y sus tantos flirteos, amores fugaces, amores de una sola noche, descritos con total franqueza, sin tapujos, en el mundo cultural cubano donde hay muchos gays pero pocos escriben sobre el tema ni se asumen como homosexuales en sus obras.
Si vida y profesión pudieran dividirse, lo estrictamente pictórico no es relevante al relato, escrito en 1992, cuando es el un pintor ¿establecido? que ha atravesado por distintas etapas, desde el abstraccionismo con Los Once hasta la más conocida, sus murales pop de figuras de la Revolución, en los que incluye a sus amigos y todavía hoy provocan más de una interpretación Veáse César Beltrán y Ernesto Menéndez Conde. El que quiera indagar sobre el pintor encontrará atisbos, recuerdos, una crítica por aquí o por allá, su admiración por Pollock al regreso de Chicago o menciones de artistas que lo influyen, pero ni siquiera podrá completar una cronología. Lo esencial de la narración es su vida emocional, sus amores, sus conquistas, sus afiebrados intentos y sus numerosos fracasos, que al plasmarse en blanco y negro, corren el peligro de parecer promiscuos, a veces triviales, vulgares o redundantes. Pero uno los acepta. Al menos, yo. A mí no me ha parecido “poquita cosa” lo que cuenta. ¿Qué será poquita cosa cuando se trata de más de sesenta años de la vida de un ser humano? ¿Un hombre que se sabe gay a en la adolescencia, hijo de una maestra y un idealista, que lucha contra esa inclinación hasta que la tolera, con profunda angustia ? Tampoco voy a entresacar pasajes, todo el que la lea sabe o intuye que hay más. Pero no hay derecho a más. Si se pierde una hoja del manifiesto de Los Once, alguien conservará la que falta o se perderá para siempre.

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