miércoles, octubre 15, 2008

Yo Publio (II)


Para leer «confesiones» hay que entrar, con respeto, en su laberinto, deseosos de avanzar con pudor, sin prejuicios, con el que escribe para hacer juntos el viaje y por el que nos lleva de la mano, el niño aquél que aprende a rotular carteles para el cine de barrio y se inicia con una prostituta, que en San Alejandro se excita con modelos que parecen esculturas de Fidias y el que fracasa para finalmente juzgarse humillado casi siempre o inseguro o titubeante. Pero no ceja, no deja de reinventarse ni de acudir a cuanto medio tiene disponible para aliviar el acoso, conciliar las mitades, encontrarse a sí mismo y vivir a plenitud. Estas confesiones tienen que haberle proporcionado a Raúl Martínez —el pintor de los coléricos Ches y las resplandecientes Lucías — ya enfermo, una gran tranquilidad espiritual. Y a nosotros, más de un estremecimiento, porque su filiación, el compromiso de su vida no está exento de piedras y espinas (leáse el pasaje con Raúl Milián) ni ser el pintor de la épica y la iconografía revolucionaria le hace más fácil la vida ni por eso lo comprendimos más (alguna vez cambia el “Yo creo” por PM en un mural del ICAIC ) o la etapa de marginación cuando deja de dar clases en la ENA y en la Escuela de Arquitectura sin ninguna justificación. ¿Que no lo cuenta todo? Que toda auto-biografía tiene sus claroscuros y sus vericuetos, seguramente. Un diario es un diario y nadie lo escribe para complacer peticiones.
Para nadie es un secreto que Raúl —y no sólo a través de Estorino— tiene una intensa relación con el teatro desde que en 1948 exhibe una colección de sus obras en el vestíbulo de ADAD. Estoy casi segura que hay una viñeta suya en la revista Prometeo. En 1954 hace la escenografía de Lila, la mariposa, de Rolando Ferrer, otra amistad de su vida, que dirige Andrés Castro en el Palacio de los Yesistas. Por esa suerte del azar concurrente, alguien me ha regalado una copia de copias de una fotografía en la que aparece el telón que debió ser deslumbrante. Era el malecón, el mar que significa tanto en Lila... y en la vida cubana. “Cuando se apagaron las luces y se levantó el telón, me percaté, asombrado, de que mi obra se convertía en un gran cuadro predominando por encima de los actores que declamaban” (262).
En la fotografía, si ponen algo de imaginación, están Enrique Pineda Barnet (Marino) y Elena Huerta.

No hay comentarios: